Plaza Nueva

  • Diario Digital | viernes, 14 de agosto de 2020
  • Actualizado 15:45

De Coronavirus y CoronaRutte

De Coronavirus y CoronaRutte

Estamos viviendo de nuevo momentos dramáticos con el Coronavirus, al que se le añade un nuevo peligro en forma de enemigo cruel; el CoronaRutte.

Por el camino hemos aprendido que el verdadero peligro de la Covid-19 es que se transmite a través de los humanos, que en algunas zonas y sectores se comportan como absolutos suicidas y/u homicidas.

Recordando a Sigmund Freud podríamos asegurar, que la pulsión de muerte encuentra su plus de goce en el coqueteo con el riesgo de contagio, muy propio de humanos como especie gregaria.

Si observamos con detenimiento el comportamiento de ciertos colectivos, como jóvenes y menos jóvenes insensatos e irresponsables, nos daremos cuenta de que Freud tenía razón hace más de 100 años.

Resulta curioso que aquellos que ignoraban lo que estaba ocurriendo, que adoptaban posiciones “buenistas” ante lo que se nos venía encima, ahora despierten de su sopor y den la razón a aquellos “viejos gruñones” que advertían de lo que se nos venía encima. 

No reconforta tener razón ante el oscuro panorama actual.

Al inicio de la pandemia el colectivo más afectado, el que sufrió con más dureza el castigo del coronavirus, fueron las personas mayores. Abandonadas a su suerte, encerrados en Residencias sin preparación para la atención médica, cerrándoles las puertas de los hospitales, cayeron como moscas. Se calcula que 28.000 de ellos han quedado por el camino.

La mejor generación de los últimos tiempos, la que luchó contra el franquismo para traer la democracia, la que aguantó con sus pensiones la crisis de 2008, la que ayudó generosamente a sus hijos y nietos, quedó diezmada sin compasión alguna.

Parecía como si la sociedad se planteara que era el mal menor. Pero ahora la vida da un giro inesperado y la nueva oleada de la pandemia está afectando especialmente a los jóvenes, al segmento de 10 a 30 años.

Pero a diferencia de los mayores, sus contagios se producen no por falta de atención sino por su propia insensatez.

¿Deberíamos ahora abandonarles también a su suerte? ¿O quizás confinarles en sus casas hasta que aparezca una vacuna? ¿No resulta una enorme injusticia que se hiciera con los mayores y con ellos no?

En este caso con más razón aplicaríamos la máxima del mal menor, porque aunque de manera general no les esté afectando demasiado (de momento….), están sirviendo como elemento de transmisión comunitaria.

En definitiva esos irresponsables se han convertido en un peligro social, en homicidas potenciales.

De esta manera el debate abierto es: ¿por qué la gente que se comporta guardando las normas debe ser la pagana de sus actitudes incívicas e insolidarias? ¿No debieran ser ellos los que pagaran esas actitudes en lugar de los demás?

¿Eso significa que toda la juventud es igual? Por supuesto que no, hay una minoría, sí, sí, una minoría, que se comporta ejemplarmente. O sea que la realidad nos demuestra que es justo al contrario de lo que los “buenistas” afirmaban, una minoría sensata y cumplidora y una mayoría que no lo es.

La segunda conclusión que debemos sacar al observar la realidad con un mínimo de objetividad, es que la sociedad actual sólo funciona a golpe de prohibiciones y castigos.

Este fin de semana la Generalitat ante el avance de los contagios “recomendó”, que los habitantes del área metropolitana de Barcelona no abandonaran sus domicilios.

La realidad ha sido que 450.000 vehículos (apenas un 10 % menos que el año pasado) abandonaban en desbandada la ciudad el fin de semana, las playas debían cerrarse por exceso de ocupación y los lugares de ocio, especialmente nocturno, se convertían en focos de contagio.

En lenguaje coloquial, la gente no ha hecho “ni puto caso” a las “recomendaciones”.

Conclusión: o se prohíbe y se pone multas o no funciona. Con las mascarillas ha ocurrido algo parecido.

Visto lo visto o las autoridades y la sociedad en general abandonan el “buenismo” estéril, o vamos directos al abismo.

Para colmo de males estos últimos días ha aparecido un nuevo peligro, especialmente para la ciudadanía de los países del sur de Europa, los más castigados por la pandemia; el coronaRutte.

El primer ministro de un pequeño país como Holanda que no pintaba nada en el pasado reciente, se ha erigido como virus tipo Santa Inquisición entorpeciendo todo lo que ha podido, la Cumbre Europea que tenía que aprobar las ayudas para que los países más afectados puedan salir de la crisis.

Ha liderado lo que denominan países “frugales”, curiosa denominación para quien es uno de los paraísos fiscales de Europa. Un insolidario, que podíamos acusar de delincuente, intentando que seamos austeros reformando las pensiones, o introduzcamos el despido libre.

Ha estado a punto de reventar esa trascendental cumbre, aunque afortunadamente no ha sido así, pero a costa de rebajar las ayudas a los países más necesitados, además de imponer condiciones que al inicio no se exigían.

El documento final mantiene los 75.000 millones de euros iniciales, pero cambia la distribución a 390.000 de transferencias y 360.000 de créditos.

Afortunadamente nuestro país ha salvado los muebles a costa de una rebaja de 5.000 millones en las subvenciones (que serán de 72.700), más 67.300 de préstamos. 

Para el futuro y después de lo ocurrido, quizás convendría imponer a los países que son paraísos fiscales como Holanda, Irlanda, o Malta, que supriman esa circunstancia que les permite jugar con las cartas marcadas. ¿Queremos austeridad? Pues hagámoslo en igualdad de condiciones.

Se ha salvado el escollo, ahora toca una vez superado al CoronaRutte superar también al Covid-19 y salir de la crisis económica que ha provocado sin dejar nadie atrás, ni países, ni sectores de la sociedad. 

Para eso se deberá ser mucho más contundente con los que nos ponen en peligro, física y económicamente, y generoso con los más desfavorecidos.