Plaza Nueva

  • Diario Digital | sábado, 23 de enero de 2021
  • Actualizado 17:41

Una escuela con valores de segunda

Diego Armando Maradona
Diego Armando Maradona
Una escuela con valores de segunda

Mientras lloraba el mundo y se descosía Argentina sumida en un llanto desgarrador, reflexionaba yo acerca de cómo se trataría esta noticia dentro de las aulas, intentando averiguar que matiz y puntos de vista íbamos a adoptar como maestros y también como padres, para explicarles a nuestros chavales tan polémico y a la vez tan genial, en lo futbolístico, personaje. Es lógico que en un país tan televisivo como el nuestro y tan futbolero a la vez, los niños por activa o por pasiva se iban a hacer eco del tsunami informativo que está suponiendo la muerte del mito albiceleste, e iban tarde o temprano a interrogarnos sobre el por qué de todo este tinglado. Es ahí, en las argumentaciones esgrimidas en estas respuestas y en el enfoque que le hemos dado a las mismas, donde quería detenerme hoy.

No me he vuelto loco. Aunque sé que juntar en una misma frase: Maradona, escuela y valores, pueda resultar aberrante, grosero y estúpido por mi parte, en peores charcos me he metido. Vaya por delante que un drogadicto, alcohólico, maltratador y miles de perversas virtudes más, no tiene defensa alguna posible ni puede figurar como  ejemplo de nada, no lo pretendo, menos aún para hablar de educación, eso ya lo sabemos todos, pero no me interesa la persona, ni sus bajezas y miserias, sino su obra como genio, que en su campo, siempre verde, también lo fue.

Sin embargo, como solemos acostumbrar en esta derrotista sociedad, la gran mayoría hemos ido en esas explicaciones, a lo mucho negativo que de la figura emana, sobre todo para ponerlo como ejemplo ante los pequeños de lo que “nunca debe de ser”, obviando lo romántico de la historia de lo que “puedes llegar a ser”. Los pecados, los defectos, los errores, la paja en el ojo ajeno vende y ocupa mucho más espacio en esta sociedad de la crítica y el insulto, que el halago o el reconocimiento. El “¡así no!”, tiene siempre más protagonismo que el “¡así sí!”, lo negativo más repercusión que lo positivo, y crucificar siempre es mucho más gratificante y resulta socialmente más práctico, ya que se hace equipo y causa común con el vecino, que el ensalzamiento del prójimo.

Somos tan así, que ningún referente nos vale. Da igual el que busques, por muy deificado que esté, a todos les encontramos pegas y ruindades. Ghandi era un racista y un pederasta, Mandela un revolucionario terrorista, Luther King un violador,… nadie nos vale como referente. Empeñados como estamos en centrarnos en sus vilezas, que todo el mundo las tenemos, en vez de juzgarlos por sus obras, evidenciamos que no son los personajes, los mitos, quienes están en declive, sino nuestra propia escala de valores con la que los estamos juzgando.  

Una escala de valores que curiosamente va cambiando de piel según las modas del momento, “Estos son mis principios pero si no te gustan tengo otros” que decía Groucho Marx. Ahora la onda expansiva de lo políticamente correcto que todo lo arrasa, no solo no hace que en los centros educativos se omitan al estudiar las grandes batallas de la historia (cuando se estudian), palabras o valores como el honor, el heroísmo, la honradez, la fidelidad, la gallardía, como muchas veces nos apunta Pérez Reverte, sino que además, son otros valores, que no digo que no sean importantes también trabajar, quienes emergen arrogantes sustituyendo a los ya imperantes que ahora a ojos del nuevo progresismo light parecen molestar.

Nadie habrá utilizado estos días a Maradona en las escuelas, ni a ningún otro personaje, para hablar de rebeldía. Y no lo habremos utilizado porque nos molesten los personajes en sí, sino porque lo que nos molesta es el valor, la propia rebeldía. El rebelde en la sociedad actual, y más aún en  los colegios donde el correctismo y la superficialidad apestan por todos y cada uno de los rincones de los pasillos, incomoda. Los inconformistas molestan, son tenidos por protestones, por impertinentes, en definitiva por tocahuevos.

Nadie habrá utilizado a Maradona ni a ningún otro personaje para hablar de liderazgo. Y es que ser líder tampoco está bien visto. Aunque crezcan como setas las charlas TedX, los congresos de Mentes Expertas, las tertulias BBVA, etc. centradas en su mayoría en la importancia del liderazgo en la empresa, todos sabemos que lo que verdaderamente buscan estas después en su gran mayoría, son trabajadores sumisos, obedientes y si puede ser mudos y sordos mucho mejor. En la escuela vamos todavía mucho más allá. No solo arrinconamos al líder natural, sino que tratamos de democratizar el liderazgo, de gestionarlo, como si eso se pudiera. Somos capaces de establecer turnos para liderar un rato cada uno, porque oye, todos tienen derecho. Por no haber, ya no hay ni elección de delegados de clase, no vaya a ser que si el niño no recibe votos, se nos traumatice de por vida y se quiera ir del partido, como hacen nuestros políticos.

Nadie habrá utilizado a Maradona ni a ningún otro personaje para hablar de responsabilidad. Ya no con cargar con la de todo un país a sus espaldas, sino simplemente con la de sacar su trabajo adelante, con la de ser cumplidor con sus tareas y cometidos, con la de ser comprometido y autónomo con sus cosas. La responsabilidad de todo individuo de hacer lo encomendado de la mejor manera que uno sabe y puede.

Nadie habrá utilizado a Maradona ni a ningún otro personaje para hablar de sacrificio, de esfuerzo, de determinación, de afán de superación y de ambición por ser el mejor. Porque hoy en día los ambiciosos están mal vistos, son insolidarios y egoístas, azacanes sin escrúpulos. Los ganadores son mirados con sospecha. Todos tienen que ganar ahora. Todos tienen que tener su recompensa final, se hayan esforzado o se la hayan estado abanicando a dos manos. El trabajo en equipo se ha comido a la individualidad, a quien se le alienta a no sobresalir, a dar espacio a los de demás y a permanecer en la sombra. Todo ha quedado rebajado en este Black Friday de los valores en el que andamos inmersos. Mola ya más saber perder que ganar. Es mejor y más importante participar que competir.

Esos son los valores pata negra que hoy enaltecen nuestros pensadores y que ya se están fomentando desde las escuelas. Sucedáneos y marcas blancas de otros que ahora, dentro de esta sociedad gaseosa (Royo, A. 2017) que hemos creado, son políticamente incorrectos y que en nuestro obtuso salomonismo progre hemos guillotinado de un plumazo, consiguiendo hacernos ser como querían, esa ciudadanía anestesiada y casi catatónica antes las barrabasadas que sus dirigentes perpetran, confirmando así lo que nos decía Darwin sobre la progresiva degeneración de la especie humana, a la cual nos engañan cada vez personas con menos talento. No sabemos si la inmunidad de rebaño en estos tiempos de pandemia la conseguiremos pronto o no, pero lo que está claro es que el rebaño ya lo tenemos por mucho tiempo.

Se nos fue el Diego, fruto de sus tremendas y continuas equivocaciones y boludeces de las que nunca a nadie jamás culpó, virtud esta que en el mundo de las excusas y los “es ques”, sobre todo en el ámbito escolar, bien podríamos copiar. Estupideces que podríamos resumir en un único y gran error, el peligro de creerse o de que te hagan creer que eres el mismísimo dios, y eso en esta sociedad “hijocentrista”, que tiende a endiosar imbécilmente a sus pequeños, a reírles todas sus gracias, a excusar todos sus problemas, a aguantar todas sus impertinencias, a darles todos sus caprichos y a no decirles nunca “NO” a nada, debería hacernos reflexionar a todos, para fijarnos ahora sí en el Diego persona, en su final, y en las terribles consecuencias que esta penosa actitud nuestra les puede luego a ellos acarrear.

AD10S

(1) – Royo, Alberto (2017). La sociedad gaseosa. Plataforma Editorial.