Plaza Nueva

  • Diario Digital | sábado, 11 de julio de 2020
  • Actualizado 21:48
Abrázame fuerte

Entre las muchas cosas de las que nos ha privado la pandemia del covid-19, es el abrazo. El miedo, el terror al contagio nos aparta. Nos impide esa  muestra de cariño, de amor, de compañerismo, de saludo, de solidaridad.

Para nuestra información, el abrazo se lleva a cabo con los brazos, ya sea por encima del cuello o por debajo de las axilas,  alrededor de la persona a la que se brinda el gesto, apretando o constriñendo con fuerza y duración variables (según Wikipedia).

Aquello tan cotidiano se ha convertido hoy en algo casi prohibido en tiempos de pandemia y distanciamiento social, cuando es sustituido, entre barbijos y alcohol en gel, en un inconsistente toque de codo con codo. Los gatos y gorilas, que también suelen abrazarse, zafaron de la prohibición. El abrazo se ha vuelto peligroso, vea usted.

Expertos de la Universidad de Harvard (¿en abrazología?) pronostican que el distanciamiento social puede extenderse hasta 2022 y el no tocarse, sin dudas, traerá sus consecuencias, cambiarán los hábitos y, seguramente, producirán impactos psíquicos.

Dicen los entendidos que al abrazo nació por desconfianza, cuando los militares (de la época de Qin Shi Huang en la antigua China) se palpaban para asegurarse de que el otro no estaba armado. Qin no pasó a la historia por ello, sino por proclamarse como primer emperador chino y por los Guerreros de Terracota que mandó a construir para su mausoleo mucho antes de su muerte.

Generalmente, el abrazo indica afecto –también condolencia o consuelo-  hacia la persona que lo recibe, una forma de comunicación no verbal. Pero cuidado, también existe el abrazo del oso, aparente demostración de afecto que en el fondo encierra una trampa.  Los lectores de las aventuras de Astérix recordarán los abrazos de Obélix, que destrozaban las costillas de sus adversarios romanos.

Los abrazos constituyen el único lenguaje que el alma comprende. Acaso los cuerpos no sean sino la excusa para que las almas dialoguen. En un abrazo no hay error de interpretación ni entrelíneas.  Nos abrazamos en medio del duelo más mordaz, pero también en el triunfo.

Abrazamos a nuestro cónyuge con lágrimas o entre risas cómplices; a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a los amigos. Nos abrazamos con un rival, cuando nos damos cuenta de que también está solo o reconocemos su misma dignidad en la lucha. El abrazo es una maravilla con la que nos topamos todo el tiempo cuando bailamos, incluso con gente que no conocemos.

Y, en la más agobiante soledad de la noche, somos capaces de abrazar la almohada hasta que escampe o llegue el alba sin sueños tan negros.

¿Por qué no podemos prescindir de los abrazos? Tal vez porque venimos de un largo abrazo de nueve meses en el que, sin discursos ni sermones, empezamos nada menos que a existir. ¿Es biológico? El bebé sale del útero y enseguida va a los brazos de la madre: su primer contacto humano es con los brazos de otro (sin contar los de la partera o médico). El abrazo y los brazos son lo que permiten nuestra fusión con el otro.

Enamorados, emocionados, pasión, o por compromiso. Los abrazos toman diferentes formas por diversas causas, pero existe una certeza: son saludables. El abrazo, dicen los científicos, provoca en el cuerpo la producción de oxitocina, dopamina y serotonina que son las hormonas relacionadas con la felicidad, el amor y el bienestar. Quizá no curen el coronavirus, pero son imprescindible para la salud espiritual de todos nosotros.