Plaza Nueva

  • Diario Digital | jueves, 22 de octubre de 2020
  • Actualizado 04:43

El último premio Nobel de Economía ha sido otorgado a los norteamericanos Paul R. Milgrom y a Robert B. Wilson por sus aportaciones al desarrollo de la teoría de subastas: han creado formatos útiles para mejorar la eficiencia de estos  mercados.

Para empezar, cabe destacar que los dos premiados no son economistas: son matemáticos. Ambos son profesores en Stanford, y Milgrom llegó a ser alumno de Wilson. Por cierto, la verdad es que el Nobel de Economía es más abierto de lo que parece: lo han llegado a obtener incluso psicólogos como Daniel Kahneman. 

Cuándo pensamos en una subasta, nos viene a la cabeza el típico cuadro que sale a la venta y muchas personas elevando las pujas hasta que se realiza la operación de compraventa. Sin embargo, hay más opciones.

Supongamos que un gobierno desea otorgar frecuencias de radio (eso sí que es un chollo: vender aire) a diferentes emisoras. ¿Cuál es el método más eficiente? ¿Cómo podemos aumentar los ingresos públicos sin abusar de las empresas? ¿Sería útil realizar una subasta como la expuesta en el caso anterior?

Aquí es dónde los análisis de Milgrom y Wilson son más importantes. Comparando diferentes casos o realizando estudios que permiten tantear las preferencias de los licitadores parece que lo mejor es entregar la oferta en un sobre cerrado. Según esta lógica, la empresa mejor preparada tendrá incentivos para ofrecer una cantidad mayor de dinero, y a partir de ahí todos ganan: los consumidores que tienen un mejor servicio y el gobierno que recauda más dinero. Así puede ofrecer unos mejores servicios públicos.

Es muy complicado, el mercado de las subastas. El caso eléctrico ha recibido duras críticas: unos dicen que las tarifas son muy altas por, precisamente, el sistema de subastas. Según estas versiones, las empresas saldrían beneficiadas. Otros dicen que hay demasiados impuestos. Por último otros dicen que son muy volátiles debido a la inestabilidad del sistema energético. En consecuencia, algunos meses nos llevamos unos sustos de espanto.

Es indudable que en la actualidad la crisis del coronavirus marca la realidad. No puede ser de otra forma: el debate entre salud y economía es prioritario. Se debe escuchar a unos y a otros, se deben valorar las medidas realizadas en otros países para poder comparar resultados, se debe castigar duramente a las personas que no cumplen sus confinamientos. Por desgracia, estamos acostumbrados a que la “guerra cultural” instaurada por los “gurús” de los partidos nos lleven a temas que no son tan centrales, como por ejemplo la posibilidad de que se pueda abortar sin consultar a los padres o el tema del mantenimiento de la Corona. No se trata de minusvalorar estos asuntos: son muy importantes. Pero muchas veces son debates dirigidos con idea para no abordar asuntos más complicados o difíciles como la tarifa eléctrica, la viabilidad del sistema de pensiones o la reestructuración de gasto público ineficiente.

En el tema del aborto o la Corona es muy fácil tener opinión: eso depende de los valores de cada persona y de su ideología. Es sí o no. Blanco o negro. Es muy fácil, hacer política así. Lo difícil es abordar los asuntos difíciles. 

En todo caso, está claro que el debate sobre la subasta más adecuada a realizar en diferentes mercados es pertinente. ¿Por qué no abordar otros casos? El mercado del petróleo o las telecomunicaciones también estarían en éste ámbito. Por ejemplo, en el mercado eléctrico Wilson ideó un sistema de tarifas multidimensionales cuyo uso permitió reducir los costes de suministro. Así, nos podemos plantear más cuestiones de interés. Por ejemplo, ¿cuál es la manera más eficiente de afrontar la llegada del 5G?

Por lo demás, no sólo de números vive el hombre. Se ha descubierto que al realizar una puja muchas personas ofrecen una cantidad de dinero más baja de la estimada para evitar la maldición del ganador. ¿En qué consiste? En haber pagado un precio demasiado alto, que la cosas no salgan según lo previsto y en sentirnos culpables por ello.

Interesantes, las subastas en las lonjas de pescado. Se pone un precio muy alto y se va bajando hasta que alguien compra. ¿Se logra recaudar más dinero así? Eso es un debate abierto.

Un caso extraño es un refinamiento en el cual pagan las dos personas que han puesto una puja más alta, pero se lleva el objeto la primera. ¿Parece absurdo? No lo es. En muchas huelgas se llegan a acuerdos en los que no se compensa la gran cantidad de dinero perdida, precisamente, por lo huelga. 

Por último, existe un procedimiento llamado Becker Degroot Marschak para saber cuál es el precio exacto que pondría una persona para comprar un producto. Se indica un precio: por ejemplo, 20 euros. Después, un ordenador emite un número aleatorio. Si es de 23 euros, pago por el producto 20 euros. Si es de 18 euros, me quedo sin nada.