Plaza Nueva

  • Diario Digital | martes, 26 de mayo de 2020
  • Actualizado 15:28

¡Mal de fondo!

¡Mal de fondo!

Asistimos a un fin de época, los valores en que se fundamenta nuestra convivencia se han resquebrajado. La izquierda y la derecha llevan demasiado tiempo socavándolos, prescindiendo de ellos en la práctica. Todo ha estado demasiado mediatizado por lo económico, focalizado en el corto plazo. Los unos abandonaron su ideología después de la caída del muro, y entraron en la deriva del seguidismo de la derecha en lo económico, y del apoyo de los derechos de minorías radicales. Los otros se han centrado demasiado en la proclamación de las excelencias del régimen liberal. Sólo persiguiendo “la pasta”, abandonaron la lucha por las ideas y los valores. ¡Daba igual! el nivel de crecimiento económico lo justificaba todo, y permitía a todos vivir por encima de sus posibilidades.

Ahora con la crisis, es más patente que fuimos demasiado lejos, hay que reenfocar las cosas y pagar lo que debemos. ¡Pensábamos que el crecimiento económico no decaería! y que se podía estar permanentemente ampliando viejos derechos e introduciendo nuevos que el estado de bienestar era inmutable! y se llegó hasta pensar que ¡jamás bajarían los pisos! Todo eso se lo ha llevado la crisis.

Si a ello sumamos los numerosos casos de corrupción, la desafección ciudadana hacia los políticos y su política aumenta. Su efecto es demoledor, está claro que si hay corrupción en política es porque hay políticos corruptos. Pero ¡no seamos ingenuos! la corrupción siempre existirá, pero no por frecuente e histórica se convierte en ética o moral. Robar siempre es escandaloso, y en el ámbito de la política es mucho más grave, puesto que los políticos representan a la ciudadanía, y hay que exigirles un comportamiento ejemplar. Todo corrupto ha sido tentado por un corruptor y éste se justifica, y argumenta que si quiere conseguir un contrato o una licitación “necesarios para mantener los puestos de trabajo” debe `pasar por el aro´. Detrás de la corrupción está ¡el negociete o el negociazo! de empresarios sin escrúpulos, que pretenden jugar con ventaja, rompiendo las leyes del mercado.

Todo régimen democrático debe combatirla con la aplicación estricta de la Ley.