Plaza Nueva

  • Diario Digital | martes, 26 de mayo de 2020
  • Actualizado 15:00

El esperpento de Rajoy, al contrario que el de Valle-Inclán, tiene poco de teatral y mucho de tristemente real. El presidente del Gobierno lo consumó a lo grande, ofreciendo una rueda de prensa que a todas luces resulta completamente inútil. Al menos aceptó preguntas, y más de dos. Progresa adecuadamente. Los defensores de la unidad de España sobre todas las cosas (una unidad estéril teniendo en cuenta lo que cada Comunidad Autónoma barre para casa cuando le conviene) sin duda se acostarían contentos, reafirmados en su ideal. Quizás el espectador neutral tiene algún motivo para seguir tremendamente indignado.

No es cuestión tampoco de justificar una escalada de independentismo que en parte ha sido conducida y orquestada, aunque suena necio e ignorante no reconocer que la semilla no es artificial, que ha germinando tímida pero latente muchos años. Lo triste es que el señor Rajoy no ve motivos para hacer un ejercicio de autocrítica, ni siquiera para desprenderse por un momento de su caparazón de falsa y electoralista soberanía nacional. ¿Soberanía nacional? ¿Acaso somos soberanos de algo cuando se están gestando penas de cárcel por manifestarse en la calle, cuando nos dictan ‘recetas’ que ahogan aún más a las clases medias desde la sacrosanta Europa? Ese chiste tiene poca gracia.

"Se están gestando penas de cárcel por manifestarse en la calle"

Más allá de la legalidad (no siempre justa, por cierto), y de una Constitución que hace aguas, protegida como una reliquia por políticos que más bien parecen caballeros templarios, el retrato que deja el 9-N de nuestro principal gobernante se atisba devastador. Da lo mismo que sea simulacro o protesta, parodia o fiesta democrática, una dicotomía que recuerda inminentemente al binomio Madrid-Barça. Cuestión de colores. Una cosa es clara. Dos millones y medio de catalanes han decidido abrazar la desobediencia civil que tanto criminalizan desde Moncloa, donde lo siguen viendo todo como un juego de niños traviesos. Dos millones y medio de personas, de circunstancias y de historias. De ciudadanos. ¿De verdad cree el señor Rajoy que la cerrazón va a seguir salvándole?

Mikel Arilla Álvarez

Periodista