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  • Diario Digital | sábado, 19 de septiembre de 2020
  • Actualizado 20:49

Bioseguridad frente a la Covid-19, algo qué nos puede enseñar la ganadería

Bioseguridad frente a la Covid-19, algo qué nos puede enseñar la ganadería

Bioseguridad frente a la Covid-19, algo qué nos puede enseñar la ganadería 

Este texto lo comencé hace 4 meses y lo he retomado y dejado un montón de veces, unas porque veía que ya no tenía sentido, pues parecía que se empezaba a controlar la pandemia y unos días después todo se volvía a descontrolar. Así, que finalmente he decidido terminarlo.

En la Universidad estudié Veterinaria especialidad de Producción Animal y la mayor parte de mis más de 40 años de actividad profesional, han estado relacionados con la ganadería.

Cuando inicié mis estudios, se empezaba a hablar del concepto ”Enfermedades de las Colectividades”, que eran producidas por gérmenes que estaban presentes en las poblaciones, pero que cuando se producían errores en el manejo, la alimentación, etc. aprovechaban esa inestabilidad y daban lugar a un problema patológico.

La manera cómo hacemos hoy en día la actividad ganadera, se parece mucho a cómo vivimos los humanos.

Prioridad a grandes colectivos, granjas y ciudades cada vez más grandes que son el paradigma de la modernidad y la eficiencia, grandes desplazamientos de individuos o sus productos alrededor del mundo, consecuencia de la globalización.

La humanidad y la ganadería, han seguido caminos paralelos y ha habido históricamente un gran intercambio de patógenos entre ellos, compartiendo una buena parte de enfermedades.

El concepto UNA SALUD / ONE HEALTH se impone, nuestra salud como humanos está unida y condicionada por la de los animales (domésticos y salvajes) y ambas a su vez por la buena salud de los ecosistemas, como un concepto holístico.

Durante mi actividad profesional, han aparecido no menos de 10 enfermedades, la mayor parte víricas y algunas de ellas han arruinado a ganaderos, empresas y regiones enteras.

Analicemos cómo hemos reaccionado ante ellas.

Cuando aparece una nueva, es el caos, hay que limitar las pérdidas, salvar el máximo de animales y mantener la economía de las granjas.

Los centros de investigación, a tope intentado caracterizar los gérmenes causales, como se transmite, que daños produce, que inmunidad se alcanza y como se puede tratar.

Se intenta buscar algún tratamiento o vacunas que aumenten la inmunidad para proteger de una forma permanente a los animales.

Qué pasa con las vacunas, se da todo un abanico de situaciones, enfermedades que llevan siglos entre nosotros y no ha sido posible fabricar una vacuna eficiente y también algunas muy eficaces que controlan casi totalmente los procesos.

Por desgracia, la situación más corriente es la de vacunas que controlan los procesos con niveles variables de eficacia, entre el 40% y el 80%, siempre y cuando no sometamos a los animales a nuevos desafíos. Los gérmenes en general no se erradican de la población y están controlados por una inmunidad de rebaño en un equilibrio más o menos frágil.

Con el tiempo y los fracasos hemos aprendido, que la única manera de no someter a la población a grandes desafíos es aplicar lo mejor posible las normas de bioseguridad.

Estas normas de BIOSEGURIDAD, que incluyen muchas acciones por ejemplo sobre la ubicación, las construcciones, el personal, etc. y que en resumen podemos resumir que pretenden que tú no contamines, ni te contaminen a ti.

Y ahí es donde entran en juego, en primer lugar la actitud de las personas implicadas, el conocimiento del estatus sanitario de las ganaderías con las que te relacionas, el distanciamiento, controlar y limitar el contacto, las cuarentenas, los PCR,…y todo lo que queramos añadir.

Aquellas enfermedades de la ganadería que no cuentan con vacunas súper-eficientes o en el periodo hasta que se ha conseguido fabricarlas, solo se han podido limitar los daños cuando todos los actores; ganaderos, comerciantes, veterinarios y administración,… se lo han propuesto y se han conjurado para controlarla.

En algunos casos al final, también ha sido necesaria la intervención de las fuerzas de seguridad.

Las normas de Bioseguridad suponen cambios a los que cuesta adaptarse, modificando y a veces complicando los trabajos y en algunos casos incluso haciendo desaparecer el modo como los ganaderos organizaban su vida. No todos se adaptan, algunos se niegan y algunas actividades económicas se vuelven obsoletas.

Se puede comprender que haya una cierta resistencia y que todos queramos volver a nuestra situación de confort, pero el virus sigue ahí

Aunque una mayoría es solidaria y asume las nuevas normas y las restricciones para protegerse y proteger la población y la economía, esto no es suficiente.

Por desgracia en el caso de las enfermedades infecciosas, mandan los que no cumplen, esa minoría es la que marca la pauta, los que consideran que el asunto no va con ellos y mantienen las condiciones para que el virus siga propagándose.

En ganadería, hemos aprendido con sangre, que hasta que el último implicado, no asume el objetivo colectivo, no se consigue nada, siempre está latente el riesgo de retroceder.

Desde el comienzo de la pandemia, se ha intentado contraponer economía y salud, los llamados “capitanes de la economía” contra el confinamiento, con frases tan derrotistas como no moriremos del virus pero moriremos de hambre. Cuando se empezaron a subvencionar los ERTES se calmaron.

Hemos demostrado muchas veces, que se puede retomar una actividad económica suficiente, cuando la bioseguridad está bien implantada.

Por eso es difícil de entender, la lentitud por parte de las administraciones en poner toda la carne en el asador para en primer lugar concienciar, tomar las medidas drásticas que son necesarias y en último término (pero no menos importante) penalizar a los incumplidores.

Se sabe positivamente cuales son los colectivos que están influyendo en la mala evolución de los acontecimientos, pero se es “comprensivo” con ellos.

Pobres jóvenes que no se pueden divertir éste verano o los niños juntarse en los parques, pobres padres que deben enviar sus hijos a las escuelas o universidades sin todas las garantías, con los establecimientos y empresas que cumplen parcialmente las normas, o que directamente no las cumplen, con los que llevan mal puesta la mascarilla o no la llevan, los que siguen fumando por la calle. Si afeamos la conducta encima te dicen, si tienes miedo quédate en casa.

Y sin embargo exigimos ¡que me resuelvan esto, pero ya!

Qué parte de esos miedos a los riesgos, están motivados por nuestro propio comportamiento social, porque no queremos renunciar a nada.

Cuando hay todavía muchas preguntas sobre el COVID-19, nos aferramos a esa vacuna por llegar, en la que depositamos la esperanza de que nos retrotraerá a esa situación de hace unos meses, que ahora idealizamos.

No sabemos qué pasará, si se encuentran unas vacunas super-eficientes los incumplidores dirán que no era para tanto.

Si no es así o como es previsible lleguen nuevas infecciones en un futuro, nos lo tendremos que hacer mirar como sociedad y analizar por qué hemos tenido un comportamiento estúpido.

Estamos esperanzados en que alguien nos lo solucione, seguimos con ansiedad los datos de PCRs, como si fuera una contra reloj del Tour, los avances sobre la inmunidad, las polémicas entre investigadores, compramos buenas y malas noticias. Todo ello como espectadores.

Pero no debemos olvidar lo que está en nuestras manos y que los enfermos y los muertos, los ponemos la ciudadanía y también somos nosotros, la mayoría de la población, los que vamos a pagar los ertes, los parados, la desigualdad, los cierres de empresas…