Plaza Nueva

  • Diario Digital | viernes, 26 de febrero de 2021
  • Actualizado 09:56

¿Por qué tenemos pánico al divorcio?

¿Por qué tenemos pánico al divorcio?

A veces (cada día resulta más frecuente el hecho; así que acaso —y aun sin acaso— tendría que haber empezado esta urdidura —o “urdiblanda”— de esta otra guisa: en numerosas ocasiones), el amor se acaba (algo tan natural como la vida misma). Y deviene una separación provisional (con meses dichosos y hasta años muy felices de prórroga o reenganche, tal vez) o definitiva. Bueno, pues, cuando esta nave arriba a ese puerto, se le suele llamar a la relación de pareja rota no derrota, no, sino divorcio (si es la vida la que fina, a ese fin de fines, a ese sin acaso ocaso, no se le conoce por fracaso, no, sino por muerte).

Si la vida nos viene demostrando del modo más natural, un día sí y otro también, que el amor apasionado que fluía a diario entre los dos miembros de una pareja no ha sabido evolucionar con el lento o raudo (porque, ciertamente, el perspectivismo puede llegar a hacer en algunos pagos estragos) transcurso del tiempo a otro estado, mera variante del mismo, cariño respetuoso, acaso haya llegado la hora de coger el toro por los cuernos y poner fin a ese infierno incipiente, medio o entero, en el que, en lugar de manar las caricias y los halagos (habituales o esporádicos) de otrora los/as que ahora brotan son reproches y broncas (sin cuento).

Seguramente, todas/os (las/os atentas/os y desocupadas/os lectoras/es de estos renglones torcidos y servidor, quien los ha hilvanado) conocemos a alguien, amiga/o, saludada/o o tratada/o, que se ha divorciado recientemente o va a divorciarse más pronto que tarde. El divorcio, que aún sigue teniendo mala prensa en ciertas capas, estratos o niveles de nuestra sociedad, debería perderla cuanto antes; y tomarse el grueso de las veces que acaece como lo que es, la mejor solución que cabe hallar o hay para resolver un problema morrocotudo de convivencia, donde los gritos, los insultos y los malos modos, si están a la orden del día, pueden dañar tanto, tan seriamente, los pocos lazos existentes que pueden borrar, cargarse y poner en peligro el buen poso e inmarchitable recuerdo que han dejado los momentos de felicidad vividos juntos y perjudicar ostensiblemente a otras/os, las/os hijas/os, u otros deudos si los hay, abuelas/os y nietas/os, probables víctimas de sus efectos colaterales, en el ámbito familiar.

En lugar de ver la faceta positiva de la ruptura, la paz que va a deparar o traer a ambos excónyuges (y, como consecuencia, al entorno, al resto), las/os espectadoras/es del hecho concreto, unas/os recalcitrantes pesimistas, sin duda, nos solemos fijar más en la parte negativa del asunto, en la angustia que nos genera a nosotras/os comprobar cómo dos enamoradas/os ejemplares han dejado, por la razón o los motivos que sean, de serlo. ¿Acaso nos acongoja (forma verbal que suele preferirse, por ser más eufónica, a la que acostumbra a esconderse detrás de ella, malsonante, acojona) o desazona que tal cosa pueda ocurrirnos también algún día a nosotras/os? Como itera el título de la canción popular (pluriversionada) que escribió en 1947 el compositor cubano Osvaldo Farrés, “Quizás, quizás, quizás”.