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Silencio

Javier Otazu Ojer | Economía de la Conducta, UNED de Tudela

Plaza Nueva | 31 de marzo de 2020

Muchos presidentes de diferentes gobiernos argumentan que “estamos en guerra”. ¿Se puede catalogar así esta situación? ¿Cómo podríamos definirla de manera simple, sencilla y concisa? De todas las argumentaciones escuchadas, me quedo con la del filósofo francés Alain Touraine: estamos dentro de “el silencio”.

No es pertinente decir que estamos en guerra: ¿sufrimos bombardeos? ¿Se usan metralletas, tanques, cazas o portaaviones? No. Otra cuestión diferente es que se deban tomar medidas de economías de guerra. En este contexto, las políticas monetarias y fiscales son expansivas. Lo malo es que no existe mucho margen para su desarrollo, ya que muchos gobernantes se han aprovechado de las mismas para sacar votos sin pensar en la llegada de las vacas flacas. Y lo que ha venido es un bicho con dos características muy puñeteras. Uno, le gusta dormir dentro de los cuerpos humanos. Es más, a veces ni se despierta (casos asintomáticos) y salta a otro. Esa es la segunda característica: le gusta visitar a las personas. A muchas personas. 

Volviendo a las economías de guerra, éstas tienen dos características estructurales. Una evidente, otra más oculta. La primera, intensificación de recursos sanitarios públicos y privados. La segunda, la posibilidad de que las empresas privadas cambien sus líneas de producción para proteger el bien común. Textiles, a fabricar batas y ropa sanitaria. Farmacéuticas, más investigación y producción. En esta ocasión, los famosos EPIs y los respiradores son imprescindibles.

Así, nos asomamos a la ventana, divisamos la calle y nos queda el silencio. Sólo se ven barras de pan cargando personas o perros paseando a sus dueños. Mientras, deseamos activarnos mediante la hiperconexión permitida a partir de la gran multitud de dispositivos que nos acompañan.

Sin embargo, bien está afrontar el silencio. Nuestros anhelos, preocupaciones, esperanzas, miedos, alegrías, pasiones y expectativas permanecen ocultos en su interior.

Y nuestra paz interior radica en tener estas características ordenadas.

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