Plaza Nueva

  • Diario Digital | miércoles, 11 de diciembre de 2019
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La Peste y Santa Ana

La Peste y Santa Ana

Hace 489 años, nuestros antecesores nombraron a Santa Ana, a perpetuidad, patrona de Tudela, en agradecimiento a haberles liberado de la peste que arrasaba toda su merindad.

A día de hoy, existe una “peste” metafórica que, aunque de otra naturaleza, supone también un alto riesgo para la humanidad actual y, por tanto, también para todos los tudelanos.

Si nos paramos a pensar, los años de vida que hemos vivido han sido extraordinariamente interesantes y muy exitosos en logros científicos y técnicos y, al mismo tiempo, excesivamente ajetreados, sacudidos constantemente por novedades sorprendentes, con solapamientos intergeneracionales muy rápidos, y envueltos todos ellos por una globalización expansiva que nos ha permitido comprobar desigualdades extraordinarias a nivel mundial, protegidos por una cultura europea con síntomas amenazantes de deterioro.

La situación del ser humano en el escenario de hoy en día es muy complicada. Vivimos en una situación sin precedentes, tras un desarrollo científico y técnico rapidísimo en los últimos cien años. Experimentamos la sensación de que estamos atravesando el final de una era histórica con un futuro imprevisible, y de que algo tiene que surgir o transformarse, para que podamos seguir evolucionando como especie, en comunión con el entorno que nos anida.

Ensimismados por nuestros logros científicos y técnicos podemos tener la impresión de que somos más poderosos y más dueños de nuestro porvenir, pero los indicadores ecológicos nos recuerdan, con angustia, que el deterioro del planeta y las continuas guerras son cada vez más acuciantes y alarmantes.

Si buscamos en la técnica y en la ciencia seguridades materiales absolutas, encadenaremos una continuidad frustrante de fracasos. Si nos fijamos en sus datos y conclusiones, se nos abren procesos continuos de hipótesis alarmantes. Si nos volcamos en el consumo salvaje de sus productos, nos introducimos en un encadenado de frustraciones. Si analizamos nuestra vida desde sus planteamientos, incurriremos en errores existenciales de bulto, presos de una fracción y especialización del conocimiento minucioso pero desvitalizado. Los seres humanos, percibimos el riesgo de deshumanizándonos, haciéndonos objetos cuantificables y explicables, controlados por instancias materiales superiores. 

En este fragor de nuestras conquistas aceleradas, los humanos nos sentimos impacientes, inquietos, inseguros, estresados y angustiados, dominados por una realidad que no controlamos y que otros nos imponen. Devenimos profundamente incómodos, pero sin recursos para oponernos al tsunami espiritual de nuestra vida y dañados por el “nihilismo digital” con sus síntomas del desarraigo y del desasosiego. Nos cuesta aceptar nuestra falta de salud, e intentamos soslayarla mediante las distracciones, la aceptación del engaño de los poderosos, o la fabricación de nuestro propio autoengaño. Hemos dejado de ser “homo sapiens”, para ser “homo absortus”, adormecidos, y atónitos, mirando continuamente las pantallas.

Es hora de que todos los tudelanos sacudamos la alienación en la que estamos paralizados, reaccionemos y nos convirtamos en lo que tenemos que ser: cuidadores tenaces del cosmos, de la casa de todos, y acompañantes de todos los otros seres humanos, cualesquiera que sean sus raíces, su situación geográfica, y su estado personal, con empatía, con justicia, con equidad y con reciprocidad, en referencia permanente a la declaración de los Derechos Humanos, promulgada en 1950.

Dos son las grandes tareas a promover entre todos: 

Un compromiso ecológico urgente y generalizado

Son muchas las amenazas a corregir y evitar (calentamiento global, desertización, pérdida de la biodiversidad, cambio climático, guerras, etc) y, así mismo, son muy abundantes también los proyectos a potenciar (agricultura sostenible, acceso al agua potable, mayor eficiencia energética, cuidado de los recursos forestales y marinos, y otros muchos). Hay que lograr que la  mayoría de la población se posiciones a favor de esta ecología integral y que exija que se tomen políticas mundiales bajo el lema de “un solo mundo, en un proyecto común”. 

Una revolución antropológica

Hoy en día, los seres humanos vivimos muy conectados al mundo, por una información exageradamente abundante, pero muy desconectados de nosotros mismos, ignorando que la vida humano, en sus diversas etapas, no es un conjunto de hechos aislados, sino una riquísima red de relaciones incesantes y complejas que tenemos que recuperar. Cada uno de nosotros necesitamos reconocernos, reactualizarnos, resituarnos y comprometernos en la autoría de nuestra existencia y, para ello, el primer paso es buscar en nuestra intimidad nuestros recursos y nuestra razón de ser, para vivir profundamente nuestra propia espiritualidad, religiosa o laica según las convicciones de cada uno.

¡Tal vez, así, Santa Ana vuelva a hacer otro milagro.