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  • Diario Digital | martes, 24 de noviembre de 2020
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RIBERA

El blanco y rojo de nuestras fiestas recuerda el pasado neolítico

El folclore de las fiestas coincide con las características de la sociedad indoeuropea.
Blanco y rojo (foto EAP)
Blanco y rojo (foto EAP)
El blanco y rojo de nuestras fiestas recuerda el pasado neolítico

Blanco y Rojo es una combinación de colores de las sociedades del Neolítico, del 10.000 aC y 7.000 aC. Fueron colores reconocibles en siglos romanos y explican buena parte del pasado de la humanidad europea pero, sin embargo, permanecen desapercibidos tras haber sobrevivido a Roma y al Medievo. No pasaron del siglo XVII, al menos en la memoria, desde aquel momento los tenemos en el olvido pese a verlos en el folclore de atuendos, adornos o en banderolas. Aquel siglo XVII se llevó esta memoria porque perseguía su religión pagana pero también ocurrió que la nueva forma de pensamiento que se imponía era contraria a la pagana: el Racionalismo (Rousseau, Spinoza, Hume…). Desde aquella época se impondría la actual forma de vivir científica y racional, industrial y supuestamente sin privilegios, pero a costa de juzgar brujas y perseguir druidas de la humanidad anterior. En aquel tiempo es poco conocido que se marcó la extinción de los cornúpetos de Europa porque eran los animales de la humanidad anterior, fue oficialmente en el año 1627 dC y desaparecieron los animales que asociamos a las fiestas y al blanco y rojo. 

Veámoslo por partes y empecemos por el origen de estos colores, que fueron de una religiosidad protagonizada por la divinidad Inanna del Neolítico. Cuando la estudiamos decimos que fue de carácter “polifuncional” porque tenía muchas funciones, una para cada situación de la vida cotidiana; una con muchas formas. Quien hacía pan tenía un apodo especial para la Inanna “hacedora de pan”, quien se dedicaba a la pesca le apelaba diferente, y así sucesivamente. Con el tiempo estas funciones fueron sometidas por conquistadores como los romanos y, al hacerlo, creaban un dios distinto para cada función, así, todos juntos formaban un “panteón” de divinidades; muchos dioses, uno para cada función. En conclusión se disolvía la religión de un todo en una multitud de dioses; a ese proceso se le llama “sincretismo religioso”, pero no solo afectaba a los dioses. 

A Inanna le llamaban la blanca, la roja, la barquera, la dadora de soberanía, la coronada, la verde o la señora de occidente, tuvo muchísimas descripciones y fue por eso, porque era una diosa polifuncional y según para qué la llamabas pronunciabas un apodo u otro. Si eras del agro la asociabas a la primavera, o le decías cosechadora y ardiente en el horno de pan, o también protectora del traslado de ese pan en el comercio – por hablar solo del pan –. Eran muchos los apodos, uno para cada segmento de la vida cotidiana, y todos la mencionan porque era el todo; lo tangible y lo que no, la naturaleza. Fue un tipo de “divinidad” que no coincide con la definición que utilizamos de “dios, divinidad” y, de hecho, la palabra “dios” es posterior a ella y todo su origen etimológico en “deus, divus” (latín) o “dyews, zeus” (indoeuropeo) también señalarían otro sincretismo. 

La blanca era la divinidad en su apodo más trascendental, dicho coloquialmente es la que conocemos como Inanna, aunque tuvo un reducido Anna; An. Esta “diosa” era la tierra y la naturaleza, no una persona, que es lo que define la palabra “diosa” en última instancia: una personificación de una función, “diva de tal función” – cuando un emperador era “divus augustus” le estaban personificando como la función augusta, una divinidad más, como Diva Angerona, Mars Gradivus… –. Inanna fue un árbol antes de que aparecieran los dioses-persona actuales (materializados por el antropocentrismo de egipcios, micénicos o romanos), estrictamente fue “una piedra blanca estiliforme de árbol” y podía ser enebro, roble, encina e incluso un tejo, pero siempre era blanca y con una gran copa. Era una piedra blanca con forma de árbol y, para más inri, el blanco es el color que adquieren las hojas de los bosques de estos árboles, cuando son viejos y enferman. Entonces, las hojas de estos árboles fortísimos y longevos les ocurre que adquieren un color blanquecino originado por un hongo llamado araucaria, a este hongo se le llama “roya” en el Ebro y actualmente es genérico para varios hongos blanquecinos de varios vegetales. Roya como en los topónimos royal, royo, rollizo, real o incluso rojo, un topónimo que ofrece una raíz etimológica relacionada con los árboles porque fueron el centro de la vida social antigua. Profundizando en ella advertimos la etimología de “rey” (regno) y una lista relacionada con aquel centro social: régimen, regio, dirigir (del latín “rego”), regla (“regula”), engendrar (“regigno”) o calentar (deshielar, “regelo”). 

Los colores no fueron solo una cuestión de religión y también explicaban lo que hoy entendemos como “clases sociales”. En aquel tiempo serías de un “color” y no de un “estrato social”, serías de azul en lugar de trabajadora del zapato, azul en lugar de trabajador panadero. Lo que hoy denominamos “sociedad de clases sociales” era “sociedad de colores” y fue una forma de organización social que aún tiene esta preciosa denominación en algunas zonas de Asia. Allí, en la India (y también en Irán), hay zonas que siguen basando su comportamiento en cuatro “estratos sociales” que llaman así, “sociedad de colores”: el blanco de los sacerdotes (“brahmanes”), dos colores rojos para guerreros del conocimiento y guerreros bélicos (“rathaestar” en Irán y “ksattriya” en India), y el azul de productores (“vaisya”). Observa detenidamente que el rojo tiene dos estratos y que contándolos suman cuatro estratos pese a ser tres colores, la civilización también sincretizó esto. 

La roja era la diosa guerrera y sabia que vemos en el panteón de Egipto, de Grecia o en las legiones romanas cuando iban de rojo y tenían los edificios oficiales de la calzada en rojo. En Egipto fue llamada Net y fue una diosa con corona igual que la Atenea de los griegos que describió Herodoto. Fue una divinidad de guerra y conocimiento que reunía esas dos clases sociales del rojo, la del conocimiento y la bélica, con lo que esta reducción de dos estratos en uno llama la atención. Además, en el colegio nos enseñaron que había (hay) tres órdenes sociales de iglesia, estado y ejército, y eso tampoco son cuatro. Pasaron a tres desde que Julio César los dictara en su diario de la Guerra de las Galias, dijo que encontraba una sociedad de “druidas, équites y plebe” al conquistar la actual Francia, y eso deja un interrogante sobre el estrato del conocimiento. Después, en el siglo XI, el poema de Adalberón mantenía que la sociedad europea seguía con tres estratos de “oratores, bellatores y laboratores”, pese a que reconocemos la existencia de “paganismo” (cuatro estratos) hasta el siglo XVII. 

Cada fiesta guarda esta memoria neolítica y este recorrido de siglos en los colores y en sus celebraciones. Cuando sacamos a bailar a los gigantes hacemos lo mismo que hicieron los coribantes y curetes (micénicos, romanos), que agitaban sus faldas dando vueltas y vueltas en una cíclica interminable. Los gigantes son gigantes igual que Caco, el gigante que robó el ganado a Hércules mientras dormía; al final medió la gigante Caca para decirle a Hércules dónde estaban los animales. Estos bailes y gigantes los acompañamos con unos cabezudos que son de cabeza grande igual que en el símbolo más reconocible de aquella religiosidad, el “signo de Tanit”, un signo que será sincretizado por Egipto en su conocida llave de la vida o “anj”, ☥, e imitado por los griegos en su letra “psi”, Ψ. Tanit o Tana era la diosa de Cartago y sería la última mención histórica a Inanna si suponemos la Anna de los pelendones, pen-land-anna.  

En fiestas encajonamos cornúpetos igual que antes los sacrificaban y comían en comunidad, era así porque hacía falta cazar y comer proteína animal. También comemos y bebemos como decía Julio César: “benditos los hispanos porque para ellos vivir es libar”, “beati hispani, quibus vivere bibere est”. Nos dejó un bonito juego de palabras encabezado por los verbos “beber” y “vivir” y formuló un sesgo xenófobo que dura hasta hoy, pero la frase parece describir también una forma de vida y no un momento puntual de unas fiestas; es conocido que periódicamente comían cornúpetos ofrecidos a la diosa y, además, que empezaban el día con líquidos fermentados porque en la antigüedad no era nada fácil acceder a agua y zumos potables. Esta huella permanece en los colores blanco y rojo de las fiestas navarras pero no solo, también la vemos en los escudos o en la forma de hacer leyes, que es foral y acordada; un sistema diferente al que colapsa actualmente (sin rojo).