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  • Diario Digital | lunes, 09 de diciembre de 2019
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TUDELA

Cuando la reliquia de Santa Ana llegó a Tudela

El ayuntamiento quiso que la recepción de la reliquia de la santa patrona, quedase inscrito entre los hechos más sonados del siglo XVII y para ello organizó un recibimiento triunfal el 6 de agosto de 1656.

Procesión de Santa Ana en las Fiestas de Tudela de 2018
Procesión de Santa Ana en las Fiestas de Tudela de 2018
Cuando la reliquia de Santa Ana llegó a Tudela

Si descontamos la Edad Media, quizá no haya época histórica donde el fervor popular por las reliquias de santos haya alcanzado la intensidad del siglo XVII. Fue el momento en que catedrales, monasterios, conventos e iglesias rescataron del olvido las antiguas reliquias y las fueron colocando en lugares preferentes. Un ejemplo preclaro de esta moda lo encontramos en Santiago de Compostela, donde el cabildo convirtió, entre 1625 y 1630, la capilla del Panteón Real en “capilla de las reliquias”, dotándola además de un admirable retablo. En Tudela también encontramos eco del culto desaforado a las reliquias con la llegada de nuevas que incrementaban las ya existentes. Conocemos la emoción que produjo en la ciudad la llegada desde Roma, en 1662, de una pequeña parte del brazo y mano de San Francisco Javier, pero posiblemente el entusiasmo popular fue mucho mayor cuando trajeron la de Santa Ana.

En el Archivo Municipal de Tudela permanece un documento, fechado en 1656, que contiene la Memoria de la entrega al Ayuntamiento de esta reliquia y de cómo éste la legó al cabildo colegial para que la guardase en depósito. El historiador José R. Castro en su libro Miscelánea Tudelana lo trascribe en parte y su lectura nos informa del interés de aquellos tudelanos por contar con alguna reliquia de su querida patrona y cómo, sabedores que en el templo del Pilar de Zaragoza se hallaba una del cráneo  comenzaron las gestiones para transferir a Tudela algún fragmento. Recordemos que Santa Ana era patrona de la ciudad desde que en 1530, con ocasión de una serie de pestes devastadoras, los tudelanos buscaron refugio en la abuela de Cristo y la nombraron “abogada y rogadora ante Dios Nuestro Señor y su abogada y bendita Madre”. 

En la sacristía de la Basílica del Pilar

Pues bien, el documento citado describe también con mucho detalle la solemne sesión celebrada en la sacristía del Pilar, el 2 de agosto de 1656, a la que además del prior zaragozano y sus capitulares, asistió una notable representación del ayuntamiento de Tudela y del cabildo de la entonces colegiata. Allí estaban D. Francisco Pasquier y Eguaras, señor de Varillas y caballero de la Orden de Santiago y D. Juan Castillo, perteneciente también a dicha Orden. Así como los canónigos D. Miguel Pérez de Aibar, D. Agustín de Vides, D. Martín de Lerma y D. Pedro Conchillos, además de muchas personas pertenecientes a la nobleza de Zaragoza y Aragón que quisieron acompañar a la legación tudelana. 

Cuenta la crónica que uno de los síndicos de Tudela, en nombre del pueblo, resaltó la antigua y profunda devoción de la ciudad a Santa Ana, así como la petición formal del Regimiento, para que el cabildo cesaraugustano concediese una parte del cráneo que poseía. Tampoco se olvidó de expresar suma gratitud a la ciudad de Zaragoza, al reino de Aragón y a tantas personalidades –el Virrey a la cabeza- que habían alentado y amparado los afanes de Tudela. El prior del templo respondió notificando el acuerdo de su cabildo por el que consentía se sacase la reliquia del viril donde se alojaba y se tomase una pequeña porción. Así lo hizo el sacristán mayor, de modo solemne y a vista de todos, y la apreciada reliquia se colocó luego en un precioso viril labrado especialmente para tal ocasión, “un viril redondo con sus encajes de oro y de filigrana, con una crucecilla de filigrana por remate, con tres perlas pequeñas y una grande”. Tras las reverencias, reconocimientos y plácemes de rigor, se introdujo en una arquilla de plata que se cerró con llave, y ésta, en otra de madera, que fue cerrada a su vez. 

A pesar de la impaciencia que se vivía en la capital ribera por las alentadoras noticias que llegaban desde Zaragoza, no se dieron mucha prisa en volver, pues la reliquia tardó cuatro días en llegar a su destino

Llegada a Tudela

Mientras tanto, Tudela se preparaba. El ayuntamiento quiso que la recepción de la reliquia de la santa patrona, quedase inscrito entre los hechos más sonados del siglo XVII y para ello organizó un recibimiento triunfal. Pidió lo que hoy llamaríamos colaboración ciudadana y animó a colocar arcos triunfales bajo los que pasaría la comitiva procesional. A la llamada acudieron gremios, hermandades y cofradías que rivalizaron  en clara emulación. Destacó entre todos el arco que la Hermandad de San José, del gremio de albañiles, carpinteros y escultores, levantó ante la estratégica puerta de Zaragoza. Sabemos que Francisco Gurrea, el mejor escultor y retablista del momento, se encargó de la figura de la Fama que lo coronaba; y un joven pintor, el gran Vicente Berdusán, gloria del barroco navarro, que acababa de casarse con la tudelana Margarita de Sabiñán, decoró el conjunto.

Sin duda aquel 6 de agosto, domingo, fue para la ciudad un día memorable. Además de la arquitectura efímera, las calles y casas aparecían totalmente engalanadas. Pero era en el camino real a Zaragoza, ante el convento de capuchinos situado a las afueras de la ciudad donde se habían apostado multitud de personas. ¿Por qué tal aglomeración? Sencillamente, porque allí estaba previsto que el ayuntamiento, con su alcalde a la cabeza, recibiera la reliquia antes de emprender marcha hasta la colegiata.  Nadie quería perderse ni un sólo detalle. Presidiendo todo, vestido de gran gala, aparecía el alcalde D. Carlos de Cabañas y Antillón junto a la nobleza y personalidades como el señor de San Adrián y otros. Al fin, cuando se avistó la polvareda que levantaba la tropilla de canónigos y síndicos que traía la preciada reliquia, un rumor de expectación recorrió el gentío. Detuviéronse los viajeros y, tras sacudirse el polvo del camino, entraron con las autoridades en el convento donde presentaron y juraron solemnemente “puestas las manos en sus pechos” que la reliquia era la misma que habían recibido del cabildo zaragozano y, a continuación, la pusieron en manos de la Ciudad.

Era el momento esperado por todos cuando una solemnísima y vistosa procesión -a la que tan aficionada era la sociedad barroca-  condujo la reliquia, puesta sobre andas, a través de arcos triunfales y calles entoldadas y engalanadas hasta la colegiata. Desfilaban, siguiendo el riguroso orden establecido, las parroquias con sus cruces, las cofradías tras sus estandartes, y a continuación, venía la clerecía de las numerosas parroquias y conventos. A todos acompañaba el pueblo fiel. La comitiva, tras dejar a la izquierda las tapias de la huerta del convento de monjas clarisas, abandonó el camino real y penetró en la ciudad por la puerta de Zaragoza, De allí, por calles tortuosas, llegaron a la hoy catedral donde esperaba el cabildo – Deán y canónigos- en perfecta formación para recibirla en calidad de depósito, no sin ciertas obligaciones. Efectivamente, se comprometían a “custodiarla y darla y entregarla a dicho alcalde y regidores que al presente son y serán siempre que les fuese pedida, sin excusa ni réplica alguna”. Junto a la reliquia se recibió también un informe del cabildo del Pilar donde constaba, con datos fehacientes, que aquellos huesos pertenecían al cráneo de Santa Ana. 

No era la única reliquia que guardaba la colegiata pues el mismo Castro recuerda que por los años treinta del siglo XX se encontraron otras, envueltas en un tejido hispano-árabe, tan peregrinas como un fragmento de la palma que portaba el arcángel San Gabriel cuando anunció a la Virgen su maternidad, o cierto pedacito de camisa tejido por la propia Virgen María para vestir al Niño Jesús.

Hoy, en pleno siglo XXI, nos hace sonreír la extrema credulidad de aquellos tiempos, pero hemos de tener en cuenta que era una sociedad indefensa antes las pestes que diezmaban la población; o frente a tormentas y heladas que destruían las cosechas y provocaban hambrunas constantes. ¿Cómo extrañarnos que buscasen en lo sobrenatural el auxilio que no encontraban en la tierra?

Personajes que vivieron el acontecimiento

Por último quisiera referirme a ilustres tudelanos que vivieron aquel acontecimiento y que, incluso tomaron parte activa en el mismo. Ya hemos topado antes con el pintor Vicente Berdusán (1632- 1697) que decoró con su arte el arco triunfal de su gremio. También con Francisco Gurrea (1613-1668), que talló la figura de “la fama”. Pero, no sólo eso, pues seguramente iba al frente de la procesión con la comparsa de gigantes y cabezudos, ya que era su director desde que muriera décadas atrás el creador: Felipe Terrén. 

Entre el numeroso público, o quizás formando parte de alguna cofradía, imaginamos a Miguel Martínez de Leache (1615-1673), boticario tudelano de gran renombre en la época y autor de varios libros sobre farmacia. Entre ellos, un curioso “Tratado de las condiciones que ha de tener un boticario para ser docto en su arte”, publicado en 1662.

A las puertas de la colegiata, esperando la reliquia y luciendo el vistoso atuendo de canónigo, hallamos a José Conchillos (1606-1674), miembro del cabildo colegial, que diez años más tarde, en 1666, publicaría su “Propugnáculo Histórico…” la primera obra histórica sobre el posible origen de Tudela y que dio origen a una agria polémica con el jesuita Padre Moret. 

Pero no todos pudieron ver y disfrutar del espectáculo. Las monjas de clausura de santa Clara, a pesar de su anhelo, debieron quedarse tras las celosías percibiendo sólo el rumor de la procesión que pasaba junto a las tapias del convento. Una de ellas, sor Jerónima de Agramont (1605-1660), perteneciente a una ilustre familia tudelana, llevaba algún tiempo escribiendo por orden de sus superiores su vida de penitencias, visiones y coloquios con Dios. Un típico ejemplar de literatura mística barroca, que se plasmó en libro después de su muerte. Se titula: “Ejercicios espirituales”, y se conocen sólo dos ejemplares. Uno se guarda en el convento de Madres Clarisas de Tudela; el otro, en la Biblioteca Nacional de Madrid.