Plaza Nueva

  • Diario Digital | jueves, 14 de noviembre de 2019
  • Actualizado 19:50

TUDELA

Chispas, carreras y luces: la tradición del toro de fuego y su historia en Santa Ana

Félix Milagro, tudelano aficionado a la investigación y divulgación de las tradiciones de la ciudad, cuenta en su haber de publicaciones con una obra sobre el toro de fuego.

Preparativos del toro de fuego en las pasadas fiestas de Santa Ana
Preparativos del toro de fuego en las pasadas fiestas de Santa Ana
Chispas, carreras y luces: la tradición del toro de fuego y su historia en Santa Ana

Félix Milagro, tudelano aficionado a la investigación y divulgación de las tradiciones de la ciudad, cuenta en su haber de publicaciones con una obra que da buena cuenta de la cantidad de anécdotas y vaivenes surgidos en torno a uno de los actos indispensables de las fiestas: el toro de fuego.

Pensado especialmente para el público infantil y suavizado con el paso de los años en a través de aspectos que tienen que ver especialmente con la seguridad, la semana festiva no se entedería sin este rato de carreras, chispazos, alguna quemadura y, muy de vez en cuando, algún que otro susto. El más reciente, el de 2008, cuando un fallo técnico de montaje en la caja de las bengalas -estaba sujeta con cinta adhesiva en lugar del habitual alambre- propició que, al caer ésta, los petardos salieran a ras de suelo, hacia algunas de las terrazas de la plaza de los Fueros. Un total de 25 personas, según consta en la publicación de Milagro, fueron atendidas por Cruz Roja ese día.

Más allá de anécdotas poco agradables como ésta -no ha habido incidentes tan reseñables como tal en la época reciente, más propensa a las quejas de los participantes por los retrasos- , la historia del toro de fuego ha estado intrínsecamente ligada a su evolución. En sus inicios, siglos atrás, el espectáculo se hacía con un animal de verdad, algo impensable hoy en día por el componente de crueldad y sufrimiento del morlaco que alberga. Con el paso de los años se llegó a la versión actual, en la que la figura del porteador es indispensable. 

Considerado a veces como peligroso, Milagro defiende en las páginas de su publicación que el riesgo no es excesivamente alto y que el único inconveniente real, si todo se maneja y supervisa correctamente, son los leves quemazos que las chispas pueden provocar en la ropa de los participantes. Partipantes que en los 70 y 80 eran de edad más adulta, ya que el toro de fuego o zenzenzusko tenía otro carácter muy diferente al de la actualidad -empezando por el horario, de madrugada, cuando los pequeños ya estaban en el séptimo sueño- , en el que las carreras son más suaves y adaptadas a los más pequeños de la fiesta, que encuentran en este acto una forma lúdica y emocionante de emular a los mayores en los encierros matutinos. También se ha cambiado el recorrido, ya que antes invtaba más a la sorpresa e incluso daba la famosa ‘vuelta al huevo duro’. Hoy en día, la plaza de los Fueros y el quiosco marcan el trayecto.

El porteador

Como señala Milagro, que además fue durante décadas encargado de supervisar las carcasas del toro, las cualidades de un porteador no han de ser atléticas, pero la persona encargada de dar movimiento al animal simulado sí debe tener unos pulmones a prueba de humo -suele acumularse en la zona de la cabeza del toro- y cierta capacidad física para sostener la carga del artilugio en cuestión.

Milagro nombra en su publicación a algunos de los porteadores que más veces ejercieron. Ángel Galindo, Ricardo León, Antonio Ruiz, Antonio Jiménez, José Luis Ruiz y Jesús Rivas ‘Chucho’ son algunos de esos nombres fundamentales, personas sin las que este evento popular no habría sido posible.

A algunos de ellos, recuerda Milagro, les aleccionó para que “no arremetiran de manera exagerada contra los niños y fueran por el centro del recorrido para encorrer a los que en sí eran los que participaban, porque se me habían quejado de que el toro se arrimaba a las tablas una enormidad”.