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  • Diario Digital | domingo, 18 de abril de 2021
  • Actualizado 20:04

RIBERA

Navidades de fuego

En nuestro tiempo, dominados por el lenguaje del marketing, la televisión o internet, hemos perdido la visión de las culturas tradicionales, presente también por estas tierras hasta hace no tanto tiempo.

Navidades de fuego

En nuestro tiempo, dominados por el lenguaje del marketing, la televisión o internet, hemos perdido la visión de las culturas tradicionales, presente también por estas tierras hasta hace no tanto tiempo. Una de las claves para entender esa forma de ver el mundo y la existencia humana es que se interpretaba que el tiempo transcurría de manera cíclica, repitiéndose una misma secuencia de sucesos a lo largo del año. En algunos lugares se pensaba que el punto de partida se iniciaba los días del solsticio de invierno, perspectiva que el cristianismo absorbió creando lo que hoy conocemos como época navideña. 

Como el sol era el elemento que parecía regir este ciclo con sus ascensos y descensos por la bóveda celeste, se desarrolló un cierto culto solar, expresado en forma de rituales relacionados con el fuego.

Texto extraído de aquella época

El hombre tradicional estaba muy preocupado por que se mantuviera el orden establecido y que la sucesión de las estaciones se produjera de manera previsible, a su debido tiempo y con una secuencia de lluvias y días soleados que estimulara al máximo el crecimiento vegetal. Para ello razonaba mediante analogías, creyendo que realizar celebraciones a pequeña escala provocaba que se pusieran en marcha procesos similares a nivel cósmico. Aunque este proceder hoy nos resulte ingenuo, la magia, religión y rituales derivados de ambas resultaban útiles para reducir el estrés que producía la constatación de la debilidad del individuo ante una naturaleza con frecuencia dañina para el ser humano: así al menos se tenía la sensación de estar intentando algo, lo cual era mejor que nada...

Una de las derivaciones de los viejos cultos al fuego solar practicados hasta hace no demasiado tiempo en la Ribera fue la de los «botarrones». Se denominaba así a las botas y odres viejos que, estando ya inutilizables para su empleo como contenedores, eran reaprovechados para un último uso bastante espectacular y peligroso.

Como es sabido, las botas de cuero requieren de una sustancia impermeabilizante por dentro para que el líquido no se escape por los poros de la piel. Antaño se empleaba para estos fines la pez, que no era otra cosa que resina cocida de troncos de pinos y que se comportaba como una especie de alquitrán que mantenía confinado el líquido dentro de la bota. Ahora bien: esta resina resultaba ser terriblemente inflamable, cualidad aprovechada por los gamberretes de pueblo para celebrar algunas fiestas. El procedimiento habitual consistía en coger el odre o bota vieja, darle la vuelta dejando la pez al exterior y, sujetándola con una cuerda atada al extremo de un palo, se introducía en una hoguera con el resultado de que la sustancia resinosa ardía endiabladamente y a la vez empezaba a fundirse, soltando chorros de fuego rugiente que los mozos lanzaban con fuerza a su alrededor cuando agitaban el palo en el aire.

Una de las celebraciones de este tipo era la Virgen de los botarrones de Mendavia, que se celebraba el 2 de febrero, festividad de la Purificación de María, durante la cual los muchachos corrían por las calles persiguiendo a todo el que se ponía a tiro y tiznando las paredes de las casas con sus artefactos incendiarios. En otras zonas de Navarra, como por ejemplo en Larraun, los botarrones se encendían en la noche de San Juan, de tan marcado simbolismo ígneo.

Dentro de la Ribera tudelana nos encontramos en la localidad de Fitero con una peculiar variante de estas festividades. En concreto, aunque hoy en día no hay recuerdo en el pueblo del uso de botarrones, la consulta a su archivo municipal nos aporta un documento que testifica la existencia de esta práctica, y vinculada en concreto al día de Navidad. Si revisamos el legajo nº 1 del citado archivo, descubriremos gran cantidad de bandos municipales antiguos que establecían diversas prohibiciones. Uno de ellos dice así: “El lizenciado don Mariano Bellido Abogado de los Reales Consexos Alcalde Mayor de esta villa y su jurisdiccion.

Ordena y manda à todos sus vecinos, habitantes, y moradores que ninguno ponga en las ventanas, ni lleve por las calles botas de pez encendidas vajo la pena de ocho reales: y para que llegue a noticia de todos se publique por las calles y sitios acostumbrados. Fitero a 24 de diciembre de 1801”.

La revisión de otros documentos parece apuntar a que este tipo de bandos se emitían el mismo día en el que se esperaba que se cometieran las prácticas prohibidas, de lo cual deducimos que la fiesta de los botarrones en Fitero se realizaba la noche de Navidad. Por ello, tiene el aspecto de tratarse de una antigua celebración del fuego, que se asociaba al sol naciente, al movimiento ascendente del sol que comenzaba a producirse tras el solsticio de invierno, mientras que en otros lugares lo que se festejaba era lo contrario, el fin del ascenso solar y el comienzo de su declive a partir del solsticio de verano. Y como en Mendavia los botarrones se encendían el día de la purificación de María, cabe también deducir un cierto valor de purificación.

Puede que la fiesta navideña de los botarrones de Fitero fuera el último resto de un esquema ritual que perseguía estos mismos objetivos: por una parte, su finalidad principal parece que era la de animar al fuego, es decir, al calor solar, a revivir, mediante la invasión del pueblo con fuegos de pez, lo mismo por las calles que colgándolos de las ventanas de las casas. Como el esquema de pensamiento arcaico consideraba que lo que sucedía arriba era lo mismo que lo que ocurría abajo (y a la inversa), probablemente se creía que realizando un ritual de incendio a pequeña escala se favorecía que regresara más rápido el calor solar y finalizase invierno, y que la imagen del fuego a pequeña escala tocándolo todo atraía al fuego mayor. Por otra parte, posiblemente también se pretendía purificar a la colectividad para entrar renovados en el nuevo año. 

Es probable que el caso de Fitero no fuera el único y que en otras localidades de la misma zona se celebrasen las Navidades a golpe de botas ardiendo… Claro está, el uso de estos lanzallamas caseros propiciaba la brutalidad por parte de los mozos, de ahí que con el tiempo se prohibiesen en todos los sitios, perdiéndose la memoria de su práctica. Pérdida que tampoco debemos lamentar en exceso, ya que hay tradiciones que, por muy curiosas, antiguas y vinculadas a ritos mágicos milenarios que sean, resultan demasiado peligrosas para la integridad de las personas y bienes. Hoy por hoy nos basta con saber que existieron y que pueden ser analizadas desde la etnografía como vía para entender la mentalidad de nuestros ancestros.