Plaza Nueva

  • Diario Digital | domingo, 18 de abril de 2021
  • Actualizado 19:16

Navidades de tiempos pasados

Antes de que la era industrial barriera de un plumazo gran parte de las tradiciones rurales (reconvirtiéndolas a veces en nuevas celebraciones al servicio de la sociedad de consumo), eran muchas las formas de celebrar esta época del año por nuestra tierra. 

Ángel gaitero
Ángel gaitero
Navidades de tiempos pasados

Antes de que la era industrial barriera de un plumazo gran parte de las tradiciones rurales (reconvirtiéndolas a veces en nuevas celebraciones al servicio de la sociedad de consumo), eran muchas las formas de celebrar esta época del año por nuestra tierra. Lo mismo a orillas del Ebro que en los valles de los riachuelos que bajan del Sistema Ibérico como en las comarcas de Borja o Egea, se celebraban con entusiasmo estos días, mezclando lo puramente cristiano con elementos heredados del paganismo, en especial del mundo encantado de las Saturnales romanas.

Uno de los actos más curiosos era el conocido en latín como Officium pastorum o pastorada, representación teatral medieval nacida a partir del siglo XI y luego ampliada con nuevos elementos: dado que uno de los puntos clave del relato evangélico de Lucas era el anuncio a los pastores del nacimiento del hijo de Dios en el pesebre de un establo, en las zonas donde abundaban las gentes de este oficio arraigó de manera profunda la iniciativa de celebrar durante la Nochebuena (y a veces en días siguientes) una gran fiesta pastoril delante del belén.

  En las representaciones de Grávalos presenciamos un modelo superviviente de festejos pasados”

Fueron muchos los espectáculos de este tipo de los que hay constancia por la zona, caracterizados casi siempre por su inmenso estrépito, alegría desbordada y frecuentes altercados. Pero las sucesivas prohibiciones de párrocos y otras autoridades durante los siglos XIX y XX terminaron haciéndolas desaparecer en la mayoría de los pueblos. Por suerte, alguna celebración concreta como la danza de pastores de Grávalos (Rioja Baja) tuvo mayor fortuna pues, habiendo estado prohibida durante cuatro largas décadas del siglo XX, fue al fin recuperada en 1989 por las gentes de la localidad. Tal es así que hoy se vive en toda su plenitud, realizándose los actos que la componen desde el 24 de diciembre hasta el 1 de enero, destacando entre ellos el baile de los pastores delante del altar durante la misa del gallo al son de la dulzaina y el tamboril, el baile del brindis en la plaza del pueblo en el día de año nuevo o la ofrenda de los roscos que se realiza aquella misma tarde. En las representaciones de Grávalos podemos presenciar todavía un excelente modelo superviviente de festejos que debieron ser muy similares en toda nuestra comarca.

Pasada la Nochebuena, existían más costumbres y creencias relacionadas con estas fechas de cambio de ciclo. Por ejemplo, otra curiosa tradición muy generalizada por aquí que tenía que ver con la llegada del año nuevo era la de «el hombre de las narices». El personaje está emparentado con el Olentzero del valle del Bidasoa y otros seres del folklore europeo, y venía a ser una representación del año viejo, pues se decía que poseía tantas narices como días tiene el año, existiendo alguna versión en la que lo que tenía multiplicado eran sus ojos. El caso es que a inicios del siglo XX era un elemento ya bastante degradado del folklore local, que sobre todo se empleaba como una especie de inocentada para hacer rabiar a los chiquillos el día 31 de diciembre, haciéndoles creer que se alojaba en tal o cual posada del pueblo, sin que nunca fueran capaces de encontrarlo en parte alguna por más que se esforzaran en la tarea. Los pobrecillos no caían en la cuenta de que el asunto tenía truco, puesto que se decía que cada día que pasaba se le caía una de sus narices, de manera que en el único momento del año en el que era posible verlo ya solamente le quedaba una…

En Fitero esta tradición llegó a complicarse aún más, pues se decía que había dos individuos de este tipo: el Tío Orejudo y el Tío Narizotas. El segundo era el mismo que acabamos de describir, pero el primero presentaba la peculiaridad de poseer 365 orejas. Se decía que el Orejudo llegaba el 29 de diciembre y el Narizotas al día siguiente, el 30. Como se puede deducir fácilmente, en este caso el truco para liar a los críos era el mismo, ya que casualmente el Orejudo aparecía en la única fecha del año en la que le quedaban dos orejas y el de las narices al día siguiente, cuando sólo le sobrevivía una.

El recuerdo de la tradición se mantuvo en muchos sitios, hasta el punto de que en 1991 la Peña Lubumbas de Arnedo decidió tomarse el asunto en sentido literal, dando vida a un personaje que desde entonces acude a la localidad no el 31 de diciembre sino cada 1 de enero (justo cuando porta todas sus 365 narices de rigor), para que al fin, después de siglos de tanta frustración, los niños puedan ver al misterioso hombre con sus propios ojos. Así, vestido con abrigo, bufanda y sujetando una misteriosa maleta, reparte chucherías a la chiquillería que, atónita, contempla las decenas de naricillas que cubren su extraña cabeza apepinada y que forman un conjunto que recuerda lejanamente a las torres de la Sagrada Familia de Barcelona…

Ángel con aros de cascabeles

Ángel con aros de cascabeles

Tras la Nochevieja el tiempo seguía su curso y días después del año nuevo llegaba la ansiada noche de Reyes, en la que los niños esperaban con emoción que pasaran por casa sus Majestades de Oriente. Antaño no sólo es que no hubiera ni una mínima parte del lujo que vemos hoy día en las cabalgatas de este día: es que la gran mayoría de las criaturas se tenían que conformar con regalos de lo más modesto, y los más pobres con nada o casi nada. Una solución barata que encontraban las familias humildes para al menos consolar a sus hijos eran los denominados «salustianos»: se trataba de unos muñequitos de mazapán con algo de chocolate que los Reyes low cost dejaban junto a los zapatitos o alpargatas que los niños habían colocado en las ventanas para que sus Majestades les pusieran el correspondiente regalito. Por supuesto, con la llegada de la luz del día era imposible ocultar las desconsoladoras desigualdades en el nivel de los dones recibidos de aquellos seres de supuestos poderes mágicos, y no faltaba la criatura reflexiva y filosófica que preguntaba a su madre cosas de este estilo: «Si los Reyes son magos y pasan por la calle esta noche, ¿por qué a la niña de enfrente le dejan todos los años una pepona (muñeca antigua) y a mí solamente un salustiano?». 

Enigma en verdad de difícil respuesta y que representa uno de tantos misterios de las noches de Navidad de un pasado no tan lejano, que probablemente ya no volverá…