Plaza Nueva

  • Diario Digital | martes, 23 de julio de 2019
  • Actualizado 11:18

Diario Santanero (Episodio 1) - Hacía viento y llovía

Foto: Laura Ruiz
Foto: Laura Ruiz
Diario Santanero (Episodio 1) - Hacía viento y llovía

Otro año más desde lo alto. Esta vez había mucha gente. He tenido dos aliados que me han dejado colocar el trípode con la cámara a la altura de sus rodillas, con el objetivo incrustado en el hueco de la barandilla. Segundo piso. No tanta altura, pero el rojo uniforme y las réplicas de los ‘vivas’ siguen poniendo los pelos de punta. Y Estela. Qué decir de Estela. No me cabe en la cabeza que exista alguien sobre la faz de la tierra a quien no le haya emocionado. Increíble.

Me he acordado de Londres. Es curioso cómo al aparecer las nubes poco antes de las doce la mente me ha conducido hasta los recovecos de otro tiempo. 2012. The Strand, los teatros, una urbe mastodóntica en la parrilla de salida de los Juegos Olímpicos. Y una pregunta en el aire. ¿Qué hace un tudelano en medio de Trafalgar Square un 24 de julio?

Quizás suene victimista. Hay tantísima gente que no puede salir en fiestas, que no puede ver el cohete en directo, que no puede ni siquiera imaginarse la plaza abarrotada por encontrarse tan lejos… Me he acordado de Londres y, en parte, me he acordado de todos ellos. Y este es mi homenaje. Una especie de canto a la nostalgia y al arraigo.

Era martes. Hacía viento y llovía. No mucho, la verdad. Lo que ocurre es que en la City te cae un ‘sirimiri’ y uno ya se aturulla en la flema británica. Aquel día fue la primera vez y, hasta el momento, la única, en la que no me encontraba en Tudela un 24 de julio. Curiosamente, mi jefa –Nadia, polaca, mala leche- quiso tener un detalle conmigo y, a eso de las diez y media (once y media en Tudela), me envió de vuelta a casa porque había demasiado personal para los pocos servicios previstos en el restaurante.

Salí a la calle, dirección Embankment, muy cerca del Támesis. Pensé en tomarme una pinta, yo que me tomo cervezas solo muchísimas veces, y dije: “ostras, un homenaje ahora, el chupinazo y tal y cual”. Pero no, no me apeteció. Pasé por un ‘take away’ de shushi y compré unos nigiris con una bebida de aloe vera (prometo que sabía muy bien).

Y mientras apretaba con los palillos los trocitos de arroz, visualicé a mi cuadrilla, los trompazos en mitad de la calle Verjas tres horas después del cohete, las frases inconexas en cualquier barra de bar, las patatas fritas embadurnadas en kétchup de la feria… Para cuando me di cuenta, eran las once y media (doce y media en Tudela). Me habría gustado concentrarme justo en el momento en el que daban las doce. Por hacer una especie de técnica de meditación, de conexión en directo. Pero no. En Londres el reloj pasa muy deprisa.

Hoy tenemos Facebook, vídeos en directo, fotos a todas horas, mensajes de whatsapp… este cohete probablemente ha sido el más global que jamás haya vivido nunca. Me sigue gustando más en vivo. Eso sí, me alegro mucho de haber podido acercarlo a todos aquellos para quienes era martes, hacía viento y llovía. Espero que no hayáis sido tan ‘empanados’ como yo.