• Diario Digital | Jueves, 21 de Febrero de 2019
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Alberto Arregui partió inesperadamente

Cocineras con Alberto Arregui y su mujer, Blanca, en un degustación realizada en Aceites Artajo
Cocineras con Alberto Arregui y su mujer, Blanca, en un degustación realizada en Aceites Artajo
Alberto Arregui partió inesperadamente

Con un gran pesar y un ingrato susto, sorprendió este martes día 15 desde Madrid Alberto Arregui Álava, apagándose tras un repentino y contundente infarto. Goian bego!

Susto y disgusto para quienes le conocíamos y apreciábamos, no sólo por su habitual grata compañía y afable talante, sino por dejar así, de repente, de poder compartir con Él, sin aliento ni aviso, ese pozo de saber y conocimiento que representaba humildemente, con el que se podía disfrutar fácilmente, desde ese aura enriquecedora, abierta e ilustre que rodeaba su aguerrida y arraigada estirpe ribera, marca Arregui’s People. Como todos sus allegados saben, aferrada en su persona a la piel mundana y a nuestra tierra, como magnífico micólogo y cocinero que era -aficionado, en teoría-, pero, eso sí, que podía con todo, y que sabía disfrutar, hacer, ilustrar y compartir como nadie, haciéndose querer, fácilmente, por todos, por cualquiera, porque era de esas personas que se respetan y aprecian sin buscarlo.

Tras su marcha, escondida, familiar y solitaria desde su Madrid de acogida y refugio, este viernes acompañaremos a su viuda, Blanca Azanza Arana, a sus hijos y a su extensa familia tudelana, para darle un último adiós local y profundo, porque como apuntaba Baroja, amamos con fuerza contundente, pero de forma silenciosa, y Tudela entera ha murmurado su ida y ha dolido su pérdida estos días de falta de noticias sobre el suceso que ha ensombrecido y a la vez encumbrado su partida.

Alberto Arregui, con su sobrino Alfonso Arregui, en Torrubia

Alberto Arregui, con su sobrino Alfonso Arregui, en un almuerzo de una jornada de caza un día de un mes de agosto, en Torrubia (Soria)

Jamás podré olvidar aquellas becadas que guisaste de mil maneras, en armonía con nuestro habitual grupo, y que asamos juntos, mano a mano, ante el fuego y esos sarmientos de vida que ahora lloramos, en tu nombre, en tu partida.

¡Descansa en Paz, honorable amigo, y ya nos dirás qué hongos abundan por el cielo!