Plaza Nueva

  • Diario Digital | jueves, 22 de agosto de 2019
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El momento de la verdad

El momento de la verdad

Pasaron los dos debates, las polémicas, las propuestas, presencias y ausencias y de aquí al domingo el electorado se queda sólo ante el morlaco, ante la suerte definitiva: el voto.

Más allá de lo ocurrido durante estos dos largos días nos llega un interrogante: ¿son los políticos actuales como el resto de los humanos, o pertenecen a una raza diferente hecha de otra pasta? Más bien parece que sea la segunda posibilidad, especialmente viendo los últimos ejemplos poco edificantes como los de Ángel Garrido, Soraya Rodríguez, o Irene Lozano. Política líquida según Bauman.

Lo digo porque no se me ocurre una situación en la que uno se vaya de cena, copas y juerga incluidas, con quién te ha insultado gravemente, intentado humillar y vejar hasta límites intolerables. Con quién no tienes apenas elementos en común y los pocos que había se han ido perdiendo durante la campaña.

Pero si me equivocara en el diagnóstico y estos dirigentes se asemejan, aunque sea sólo un poco, a la media de nuestra sociedad, en buena lógica después de esos debates debería ser imposible pactos entre PP o Cs, incluso con VOX después del calificativo de “derechita cobarde”, mucho menos aún entre PSOE y PP y después de esos espectáculos televisivos mucho menos, por no decir imposible, entre PSOE y Cs.

Situación que esta vez no se ha repetido entre PSOE y Podemos, que a diferencia de campañas anteriores han demostrado capacidad de diálogo y entendimiento.

Una vez descartadas las hipótesis anteriores sólo queda una posibilidad; el pacto, gobierno de coalición incluido, entre PSOE y Podemos.

Para ello sería imprescindible que den los números, o sea que ambas fuerzas políticas sumaran 176 diputados o más, cosa poco probable a la vista de casi todas las encuestas de las que disponemos.

¿Cómo se saldría de este embrollo entonces? Pues con ese mismo gobierno apoyado externamente por una ERC reconvertida a la sensatez, más PNV. Esta posibilidad sí parece más probable a la vista de esos mismos sondeos y el olfato electoral que uno pueda tener.

¿Resultaría esta experiencia peligrosa para el país? 

En mi opinión no, debemos estar tranquilos, incluidos quienes se consideran de derechas, porque ese tipo de gobierno podría (debería, añado) hacer unas políticas sociales sólidas, beneficiosas para la inmensa mayoría de la ciudadanía española.

Si en esa hipótesis somos capaces de involucrar también a los sectores nacionalistas sensatos, en un complejo trabajo para que esa mayoría, aquí y allí, en Sevilla, Salamanca, Madrid, Vic, o Rentería se encuentre cómoda en un proyecto nuevo de España, habremos sido capaces de solucionar las viejas tensiones centro-periferia heredadas de nuestra ejemplar Transición.

Para eso hay que realizar un llamamiento a todas y todos, de izquierda, centro y derecha, para realizar ese esfuerzo con altura de miras, con perspectiva de estadistas, dispuestos como entonces a dejarnos todos “pelos en la gatera”.

Se puede y se debe hacer dentro de la legalidad, respetando nuestra Constitución y si fuera posible reformándola buscando un amplio consenso.

Incluso enfrentándonos al reto más difícil; la demanda de un referéndum que viene desde amplios sectores sociales de Catalunya y Euskadi.

Estos días Pablo Iglesias ha intentado hacer una lectura didáctica de nuestra Carta Magna, que por cierto exigió a todas las fuerzas políticas un esfuerzo titánico de consenso con esa altura de miras que ahora necesitamos. ¿Por qué no repetirlo ahora?

A Iglesias se le ha olvidado un artículo importante, bueno a Iglesias y a todos los demás, el 92.1.

Recordémoslo: “Las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos”.

Como el apartado 3 añade: “Una ley orgánica regulará las condiciones y el procedimiento de las distintas modalidades de referéndum previstas en esta Constitución”, cabe que el mismo se pueda desarrollar sólo en una parte del territorio, por ejemplo Catalunya.

Lógicamente no podría ser decisorio porque lo impide el artículo 2, pero sí podría servir como muestreo de lo que opina la ciudadanía para abrir si fuera necesario otras vías, con la exigencia del consenso.

¿Sería eso suficiente para calmar la crispación? Probablemente no, pero al menos tranquilizaría de alguna manera esa ansia de decidir. Podríamos poner en marcha un nuevo proyecto de España como “Casa común” de todas y todos, un lugar donde nos encontráramos cómodos independentistas y no independentistas. Quien sea capaz de resolver ese reto pasará a la historia en letras doradas.

Como conclusión, creo que un gobierno de coalición PSOE-Podemos involucrando en la gobernabilidad del país a ERC y PNV sería muy beneficioso para España, Catalunya  y Euskadi incluídas y abriría posibilidades que con audacia, imaginación y generosidad podrían llevarnos a una etapa de tranquilidad y sosiego, muy necesaria para resolver los grandes retos que se nos vienen encima.

Veremos…