Plaza Nueva

  • Diario Digital | Martes, 21 de Mayo de 2019
  • Actualizado 12:56

¿Servidor? ¡Aprendiz de ruiseñor!

¿Servidor? ¡Aprendiz de ruiseñor!

¿Servidor? ¡Aprendiz de ruiseñor!

 Amada Pilar:

Como sabes, León Tolstói comenzó su novela “Ana Karenina” (1877) de esta guisa: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Tengo para mí que Tolstói se equivocaba en dicho aserto. Si las familias se componen de varias personas, son estas las que son o se sienten felices o infelices. Entiendo que nadie puede avenirse a decidir o determinar que una familia es feliz, si dos miembros (de los seis o diez que la componen) no lo son o no se sienten así, felices. ¿Con qué autoridad intelectual o moral podemos afirmar tal cosa, aun siendo mayoritaria (y aun abrumadora, en el caso de que sea de verdad así) la felicidad de quienes conforman dicha unidad familiar? A mí, por lo menos, se me impone la siguiente pregunta: ¿Ha habido, hay o puede haber una familia completamente feliz en la que a todos los miembros les conste que uno de ellos, sea hembra o varón, ciertamente, no lo es? Por el cúmulo de experiencias que el abajo firmante ha vivido (más padecido que disfrutado), a este menda le brota aseverar que son más, bastantes más, las situaciones infelices que puede referir que las felices, pero el cerebro humano tiene la rara capacidad prodigiosa de, en los momentos de dicha a raudales, olvidar rápidamente las desdichadas y rememorar con más facilidad y pujanza las dichosas.

Si hoy, aquí y ahora, alguien me pidiera que me autopsicoanalizara o autorretratara, diría que yo me veo a mí mismo como una persona que sabe (unos días mucho, otros días poco, depende de mi estado de ánimo, optimista o pesimista) de literatura; como un aprendiz aventajado (por avejentado) de ruiseñor, de poeta, de narrador, de artista (pues todos los días —si no todos, la inmensa mayoría de los tales— pretendo lo mismo, hacer arte con la sola ayuda de las palabras y los signos ortográficos habidos o por haber, presentes o futuros). En la actualidad, escribir y amarte son los dos motivos o razones que encuentro imprescindibles para vivir, las dos tareas necesarias y diarias que dan sentido a mi existencia. Es lo que más dichoso me hace cuando, tras ponerme con ahínco a ello, salgo airoso del doble lance o trance; y, asimismo, lo que me hace más desdichado o desgraciado, si, tras dar por acabada o coronar la labor par, esta me deja en el alma, en la piel y en las papilas gustativas de mi lengua el regusto de haber fracasado o naufragado en una o en ambas pretensiones.

Te ama tanto que hasta se asusta al comprobar la calidad, la calidez y la cantidad del amor que te profesa