Plaza Nueva

  • Diario Digital | lunes, 23 de septiembre de 2019
  • Actualizado 11:03

De esos buenos amigos de papel

De esos buenos amigos de papel

Vayan a donde vayan, atentos y desocupados lectores (ellas y ellos), este verano de vacaciones, si ya han hecho las preceptivas listas de pros y contras, han disipado las dudas, han decidido cuál va a ser el destino, han comprado los billetes de autobús o tren y/o los pasajes de avión y han contratado el seguro, no echen en saco roto u olviden que, para que ese viaje resulte inolvidable y sea provechoso, necesitarán el apoyo y la compañía de esos buenos amigos de papel, los libros, los mejores sustitutos de los buenos amigos de carne y hueso (si estos les acompañan, cuando no estén presentes).

Son tantos y tan buenos los amigos de papel (incluso podemos hallar en ellos, a su vez, otros tantos y tan buenos amigos de papel) que no les quiero ahorrar o privar del placer que suele reportar acertar a la hora de escoger uno o varios, amén de divertidos, utilísimos, recomendándoles uno, pues puede que su lectura se les haga pesada, atragante y, a la postre, no les guste.

Yo, hace meses, ya determiné, Deo volente, dónde iré este estío. Así las cosas, el próximo 16 de julio volveré a volar a donde se yergue imponente y majestuoso el Teide. Y allí permaneceré, si nadie ni nada lo impide, dos semanas. Asimismo, más recientemente, ya me decanté por el libro que me llevaré a la mayor de las islas canarias, Tenerife, e intentaré releer, “La Regenta”, de Clarín.

Ahora bien, si he de hacer caso a lo que ha insistido en augurarme, en medio de varios sueños proféticos, uno de mis amigos íntimos y heterónimos, Emilio González, “Metomentodo”, seguramente, algunas de las horas que había previsto dedicar a pasar mi vista por las páginas de la novela de Alas las tendré que invertir en otro menester, escribir el borrador de una narración (aún sin título) en la que este menda relate el encuentro en el Puerto de la Cruz de una cantautora y de un “contautor”, señora y señor de dos señoríos distintos, pero no tan distantes, deslumbrantes los dos, pues con ambos me conmoveré, divertiré, extasiaré, lloraré a moco tendido y reiré a mandíbula batiente. La primera logrará extraer y exprimir todo el jugo poético que acarreará y contendrá el segundo; este desvelará el surtido muestrario de acertijos, enigmas y misterios que portará o porteará la primera.

Como todos los seres humanos mentimos (somos unos embelecadores redomados); a veces, sí, sin un porqué, sin tener necesidad de hacerlo, sin que elaborar ese engaño nos vaya a reportar un beneficio o provecho (sino, al contrario, nos depare algún perjuicio), ellos mantendrán un duelo de invenciones, hechos que no acaecieron jamás, mero juego de ficciones, que llevará a unos lectores a cruzar, de manera inesperada, el umbral de la gloria, y a otros a acercarse al borde de un precipicio, como a los propios protagonistas, la cantante y el literato, a hacer, mancomunadamente, una locura, a estar en un tris de perder, además del duelo, el juicio.