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TUDELA

Sesenta años de la muerte de Tomás Jiménez ‘Clarico’. Músico, organista y compositor del himno a Santa Ana

El domingo 16 de junio de 1957, hace ya sesenta años, fallecía en su casa de Tudela el músico Tomás Jiménez, que ha pasado a la historia por haber compuesto el Himno a Santa Ana que cada año, en la Novena, se canta fervorosamente entre fieles que abarrotan la catedral.

Coro Joaquín Gaztambide de Tudela, dirigido por José María Lafuente, interprentando el Himno a Santa Ana durante la Novena en fiestas de Tudela. Foto: Blanca Aldanondo
Coro Joaquín Gaztambide de Tudela, dirigido por José María Lafuente, interprentando el Himno a Santa Ana durante la Novena en fiestas de Tudela. Foto: Blanca Aldanondo
Sesenta años de la muerte de Tomás Jiménez ‘Clarico’. Músico, organista y compositor del himno a Santa Ana

El compositor forma parte de aquella luminosa generación de tudelanos, engendrada entre 1880 y 1900, que con su brillante y diversa trayectoria vital dieron lustre a Tudela. Entre ellos aparecen historiadores como José Ramón Castro y Francisco Fuentes; pintores como Adrián Martínez (Hamsi) y Miguel Pérez Torres; periodistas como Julio Subirán y Ezequiel Endériz, sin olvidarnos de músicos excelsos como Fernando Remacha. Todos tienen en común el haber nacido en aquella ciudad recoleta, de apenas 10.000 habitantes. 

“Clarico”, nació el 21 de febrero de 1885 y fue bautizado en la parroquia de San Jorge pocos meses antes de que llegara el cólera, aquella terrible enfermedad que anegó en muerte y desolación la Ribera. Tanto que el verano de 1885 quedó en el acervo popular como “el año del cólera”. No sabemos si contrajo la enfermedad que afectó a gran parte de la población, pero en todo caso fue afortunado y escapó de la muerte, cosa que no pudieron decir otros. Sólo en Tudela –y fue una de las localidades menos afectadas- fallecieron entre julio y septiembre, 258 personas, en su mayoría mujeres y niños. 

 El compositor forma parte de aquella luminosa generación de tudelanos, engendrada entre 1880 y 1900, que con su brillante y diversa trayectoria dieron luestre a Tudela. Entre ellos aparecen José Ramón Castro, Francisco Fuentes, Adrián Martínez,  Miguel Pérez Torres, Julio Subirán, Ezequiel  Endériz o Fernando Remacha”

Su padre, Claro Jiménez, ejercía de cartero, y también le donó el apodo, con que popularmente se conocía al hijo. Fue éste un caso de precoz disposición a la música, inculcada amorosamente por su madre, Concepción Gutiérrez, que le enseñó las primeras notas. Con sólo cinco años entró como infantico en la capilla de música de la catedral de Tudela y a los siete años tocaba el piano con corrección e incluso componía. A los doce interpretó por primera vez una misa en la iglesia del Carmen, a la que, posteriormente, estuvo muy ligado de por vida, y con catorce, tuvo valor suficiente para sustituir al músico don Joaquín Castellano en la fiesta que el día de Santa Ana se celebraba en la Casa de Misericordia. Se cuenta que la Madre Superiora de las monjas, al verlo tan niño, sentado entre instrumentos y cantores, creyó que venía a jugar con el armonio y lo despachó destempladamente. Pronto se aclaró todo. 

Tomás Jiménez

El que luego sería organista de la catedral de Tudela sintió tempranamente la vocación sacerdotal e ingresó en el seminario tudelano donde cursó los estudios de latín, filosofía y teología hasta ser ordenado sacerdote por el obispo de Tarazona, en 1908. Tenía entonces 23 años. Mientras estudiaba, había obtenido la plaza de Maestro de Capilla en la catedral de Tudela y en 1906 fue nombrado organista de la parroquia de San Jorge. En 1908, tras reñidas oposiciones, se posesionó del cargo de beneficiado en la catedral de Tarazona, donde estuvo hasta 1919, año en que renunció y se trasladó a Tudela. 

A partir de aquel momento se involucró totalmente en la vida musical de la ciudad desde el puesto de organista de la Catedral. Es, entonces, cuando encuentra la amistad del poeta tudelano Alberto Pelairea y comienza una fecunda colaboración en obras muy interesantes, entre ellas varias zarzuelas. Pelairea escribía el libreto; Jiménez ponía la música. Sobresalen La Hija del Santero (1924) y La tarde del Cristo (1925), de claro ambiente tudelano, estrenadas ambas con gran éxito popular en el desaparecido Teatro Novedades, situado en el Paseo de Invierno. 

Sin embargo, el ingenio de “Clarico” no sacó a la luz sólo piezas festivas y profanas pues, como buen sacerdote, cultivó la música religiosa. Compuso himnos, misas, autos sacramentales, villancicos y motetes, alguno de cuyos originales han guardado sus familiares, singularmente Ignacio Oyón Jiménez. Pero si hubiéramos de destacar alguna faceta, sería la composición de himnos que alcanzaron gran popularidad y se escuchaban habitualmente en las iglesias. Incluso llegó a obtener premios en concursos. Así ocurrió con los que escribió “A la coronación de la Virgen de los Milagros, de Ágreda”;
“A la coronación de la Virgen del Carmen de Tudela”; o el dedicado “A San Francisco Javier”. 

 En 1908 se posesionó del cargo de beneficiado en la catedral de Tarazona, donde estuvo hasta 1919, año en que renunció y se trasladó a Tudela.
A partir de aquel momento se involucró totalmente en la vida musical de la ciudad desde el puesto de organista de la Catedral. Es, entonces, cuando encuentra la amistad del poeta tudelano Alberto Pelairea”

Como buen tudelano, amaba apasionadamente a Santa Ana, a la que ofrendó varias obras; entre ellas, una Salve, la Novena y el Himno. Este último, hoy tan popular, se estrenó en San Sebastián en concierto auspiciado por la abundante colonia navarra. 

Curiosamente, -a veces suele ocurrir- el himno no obtuvo buena acogida en Tudela y se retiró por la reticencia de algunos. Pero, al fin, triunfó y, sin ninguna duda, Tomás Jiménez fue profeta en su tierra. Sí que tuvo tentadoras ofertas para trabajar en Brasil, Sevilla o Barcelona, pero las desechó para quedarse en Tudela hasta su muerte.

En abril de 1954 se le tributó un homenaje en vida con la reposición de La hija del Santero, en el teatro del colegio de los Jesuitas, donde se recordó también al autor del libreto, el poeta Alberto Pelairea, ya fallecido. Fue un momento entrañable con asistencia de algunos actores –Domingo Gallego, José Mª Remacha, María Álava, Esteban López de Goicoechea…– que treinta años antes la habían estrenado. 

El escritor Luis Gil Gómez, que lo conoció y trató, nos dejó este retrato en Tudelanos notables contemporáneos:

“Don Tomás Jiménez fue un músico genial. Genial, cuando posaba sus manos finas y cuidadas sobre el teclado del órgano; genial, cuando tomaba la pluma y se inclinaba sobre el papel pautado para tejer el cañamazo de sus inspiradas composiciones. (…) Yo guardo en la memoria algunos rasgos de su personalidad. Era inquieto, nervioso, rápido en sus decisiones. Vestía el traje talar con esmerada pulcritud y se vanagloriaba de llevar siempre buena ropa. (…) Fue un hombre optimista y cordial. (…) Algunas tardes, en su cuarto de trabajo, lo he visto sentarse al piano y, en vena de aciertos, interpretar toda clase de música, alternando oberturas y sonatas con pasodobles toreros y melodías vascas.” 

 Tomás Jiménez falleció en Tudela, en su casa de la c/Cofrete, el 16 de junio de 1957. Contaba 72 años y quiso que la música presidiese los últimos instantes de su vida”

Tomás Jiménez falleció en Tudela, en su casa de la calle Cofrete, el domingo 16 de junio de 1957. Contaba 72 años. Sintiéndose morir, quiso que la música presidiese los últimos instantes de su vida y fueron notas de Bach las que sonaron mientras el sacerdote le administraba el Viático y la Extremaunción. Los funerales se celebraron al día siguiente en la catedral y su cuerpo estuvo expuesto en la capilla de Santa Ana envuelto en acordes del órgano; el mismo del que sus manos sacaron tan brillantes notas durante los cuarenta años que ejerció de organista. Con él moría el último eslabón de la brillante historia de la capilla de música catedralicia. 

Fue enterrado en el cementerio municipal en humilde tumba que aún lo recuerda. Un artículo aparecido en La Voz de la Ribera pocos días después, firmado por L. Algarra, calificaba a “Clarico” de “amigo bueno y cariñoso, sacerdote ejemplar, inspirado artista, músico excelente y tudelano entusiasta y amante apasionado de su ciudad. Y terminaba: “Su memoria será recordada por largo tiempo”

A mí me gusta creer que su alma sigue aún presente cada tarde en la Novena, mientras el Himno a Santa Ana resuena, fuerte y majestuoso, por las naves de la catedral.

 

Himno a Santa Ana

Estrofa 1:

Excelsa Patrona tu nombre invocamos
con fe proclamamos tu gloria sin par.

Egregia Santa Ana tus hijos gozosos
hoy buscan ansiosos refugio en tu altar.

Es tu imagen escudo glorioso
de la nombre y cristiana Tudela,
que agradece tu santa tutela
y al honrarte acrecienta su amor.

Para ti,  soberana Patrona brotan hoy 
de tus hijos creyentes en los labios
plegarias ardientes y en las almas
deliquio de amor.

Estribillo:
Llena el mundo el resplandor de tu gracia soberana,
Gloria a ti dulce Santa Ana que atesoras tal valor.

Estrofa 2:
Al rezar en tu santa capilla, y a tus plantas con fe prosternados, 
Madre insigne, a tus hijos amados enardece filial frenesí. 
Oye afable las dulces plegarias expresando, como único anhelo,
recibid bendiciones del cielo, que a Tudela desciende por Ti. 

Estrofa 3:
Contemplando el fervor de tus hijos, que hasta Ti llegan hoy suplicantes, 
les diriges miradas amantes, y con fe marchan de ellas en pos.
Míranos con bondad Madre excelsa y haz que unida la grey tudelana,
invocando tu nombre Santa Ana, logre siempre el amparo de Dios