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  • Diario Digital | Domingo, 26 de Mayo de 2019
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TUDELA

En los 900 años del fin del dominio musulmán en Tudela

No deja de ser curioso que cuando van a cumplirse 900 años de la conquista de Tudela por los cristianos, haya salido un lienzo de la muralla musulmana que soportó el asedio de las tropas de Alfonso el Batallador.

En los 900 años del fin del dominio musulmán en Tudela

No deja de ser curioso que cuando van a cumplirse 900 años de la conquista de Tudela por los cristianos –25 de febrero de 1119– la casualidad haya decretado que salga a la luz, en la zona de Herrerías, un lienzo de la muralla musulmana que soportó el asedio de las tropas de Alfonso el Batallador. 

Aquel 25 de febrero es, sin duda, la fecha de mayor trascendencia en la historia de la ciudad. 

Era invierno, y Tudela, perteneciente hasta entonces a la Taifa de Zaragoza, vivía momentos muy complicados desde que en diciembre hubiera caído la capital en manos cristianas. El temor era evidente, a pesar de contar con un fuerte sistema defensivo de fosos, murallas y torres, que partiendo de la altiva alcazaba rodeaban la ciudad y que aún puede contemplarse, en parte, en la actual calle Granados.

La inquietud subió de grado cuando el ejército cristiano, compuesto por caballeros del Midí francés, apoyados por navarros, aragoneses y gentes venidas de Vizcaya y Álava, remontó el Ebro decidido a tomar la plaza de Tudela y subir después por el Queiles hasta Tarazona. Poco sabemos del asedio, aunque los cronistas Zurita y Moret afirman que vista la dificultad que pregonaban los bastiones, fosos defensivos y una serie de atalayas en los cerros próximos, -la actual Torre Monreal es un ejemplo-, el conde Rotrou de Perche, al mando de las tropas, urdió una estratagema para atraer a los musulmanes fuera de la ciudad, de tal manera que algunos caballeros pudieran apoderarse de las puertas desguarnecidas. Así lo cuenta -en tono un tanto novelesco-, el historiador fray Vicente Díaz Bravo en su libro “Memorias Históricas de Tudela”, escrito a mediados del siglo XVIII: 

“Dada la orden de esta forma, partió el conde de la emboscada, con unos cincuenta caballeros, de su mayor satisfacción, y a los primeros albores del día, entró con ellos por los campos de la Albea, talando los campos y tomando cuantas presas se le presentaron: tomó ganados, personas, y muchas caballerías metiendo tanta bulla y algazara, que a los primeros resplandores del sol lo vieron todos los moros de la plaza. Tocaron los moros alarma en la ciudad y reconocieron desde las torres el corto número de los que talaban los campos, deseosos de castigar su arrojo creyeron que luego vengarían el agravio; unos salían como enjambres por las puertas, otros se arrojaban por las murallas. Como salieron de motín iban sin jefe que los pudiera gobernar. (…) A rienda tendida partió la caballería (cristiana), llevando cada uno un infante a la grupa, y hallaron las puertas de la ciudad, unas abiertas y sin guardas, otras cerradas, pero las sacaron de quicios con barras que llevaban prevenidas, con que sin hallar quién les hicieran frente, tomaron las puertas y las torres; llegó luego el resto de la infantería y con ella se tomó y aseguró la ciudad.”

Torre Monreal. Una de las atalayas defensivas de la época islámica

Toma de Tudela. Las capitulaciones 

Dejando aparte la leyenda, el hecho cierto es que la ciudad cayó el 25 de febrero de 1119 y con ella todo su entorno. En el momento de la conquista, Tudela era una ciudad importante cuya superficie encerrada entre murallas se acercaba a 23 hectáreas. Desconocemos su población, pero si Zaragoza con el doble de extensión tenía unas 17.000 personas, podemos aventurar que albergaría entre seis y siete mil habitantes, con una vida social y económica muy activa y donde convivían tres religiones: el islam, que era la predominante; la cristiana, con una comunidad de mozárabes, y la comunidad judía. La importancia de Tudela en esta época se acrecienta si tenemos en cuenta que durante unos pocos años (1046-1051) llegó a constituir Taifa propia, independiente de la de Zaragoza. Marín Royo, que ha estudiado a fondo este periodo, afirma que es un momento cultural brillante y que las fuentes árabes al hablar de la ciudad no la citan por hechos militares sino como un prestigioso centro de cultura judeo-islámica que producía personajes célebres.

Las capitulaciones, es decir las condiciones de rendición, se firmaron el 15 de marzo y semejan a las pactadas en Zarazoza poco antes; aunque tuvieron en cuenta también las capitulaciones de Toledo (1085) y las de Valencia, al ser tomada por las tropas del Cid (1094). 

Algunos autores las juzgan como bastante benignas y en ellas Alfonso El Batallador mostraba el deseo de que la población vencida permaneciese en la zona. Para ello, mantuvieron y confirmaron los cargos ya existentes. Es decir, aparte la nueva superestructura cristiana, en lo interno el esquema organizativo seguía igual. Además, se les permitió residir en sus casas durante un año, pasado el cual debían reubicarse en un nuevo barrio situado al oeste, fuera de la muralla, y que dio origen a la Morería.

Por otra parte, los que habían huído por temor a los cristianos, podían regresar y recobrar sus propiedades, siempre que lo hiciesen en los cuatro meses siguientes. Tampoco se pusieron trabas a quienes decidieran emigrar, puesto que podían hacerlo y llevar consigo todas sus pertenenecias. Una de las claúsulas decía: “Quien quisiera marchar de Tudela a tierra de moros o a cualquier otra tierra, que vaya tranquilo y seguro con sus mujeres, sus hijos y todos sus enseres, por agua o por tierra, a la hora que quisiere, de día o de noche”. En cuanto a los judíos, medrosos ante la inseguridad del momento, el rey los tranquilizó otorgándoles el mismo fuero que a los judíos de Nájera e incluso lo amplió con otras inmunidades y franquicias. 

Lienzo de muralla que se conserva en la Calle Granados de Tudela

La nueva Tudela

A partir de ese momento, la situación política y social de la ciudad y Comarca varió radicalmente. Dudo que haya en la historia de la Ribera Tudelana fecha más trascendental que la del 25 de febrero de 1119. Con ella acabaron más de cuatro siglos de predominio musulmán. Los partidarios de Mahoma, que hasta entonces dominaban, pasaron a ser dominados aunque siguieron siendo una parte sustancial del vecindario. 

El profesor Juan Carrasco, estudioso del tema, cree que alcanzaban un porcentaje cercano al quince por ciento de la población total. Eran considerados propiedad del rey a quien pagaban la pecha. Se dedicaban fundamentalmente a la agricultura –de ellos aprendimos a cultivar las verduras que hoy dan fama a Tudela- y eran expertos en oficios manuales como albañiles, carpinteros, yeseros, ballesteros y herreros. Precisamente, estos últimos fabricaban los “elementos de artillería” para los reyes de Navarra y también los que forjaban lanzas y ballestas para su ejército. De la importancia que tuvieron nos habla todavía la calle de las Herrerías una de las principales de la ciudad.

El vacío dejado en la ciudad se llenó muy pronto con nuevos pobladores. Tuvieron preferencia los nobles y caballeros que ayudaron en la conquista y si juzgamos los apellidos que ocuparon los cargos principales de la ciudad en siglos posteriores, comprobamos que los franceses se llevaron la parte del león, pues durante mucho tiempo ejercieron de alcaldes y regidores miembros de familias como los Pelegrin, Durant, Doelín, Baldovin, o Renalt, de clara raigambre franca. Aunque, por supuesto, tampoco podemos olvidar a las gentes venidas de Aragón o de tierras norteñas de Navarra. 

En esta nueva situación, Tudela acrecentó su importancia. El rey le concedió grandes beneficios, entre ellos el goce de las Bardenas y Montes de Cierzo así como los sotos que iban desde Milagro hasta Novillas. Al incorporarse al reino de Navarra, actuó como plaza fuerte frente a posibles amenazas de los reinos de Aragón y Castilla, y su alcazaba, convertida en castillo-palacio, sirvió también de hospedaje a los reyes.

No acababa aquí su papel, pues la situación privilegiada junto al Ebro, amparada en el famoso puente de piedra, abría muchas posibilidades de intercambios comerciales con tierras antes vedadas. Era, pues, una población dinámica y donde seguían conviviendo las tres comunidades: judíos, musulmanes y cristianos.

Los cambios en el urbanismo también fueron importantes. Si dejamos aparte la aparición de la Morería, el de mayor calado fue la transformación de la mezquita mayor en iglesia colegial de Santa María, consagrada por el obispo de Tarazona en 1121. A ella siguieron nueve parroquias sitas en diferentes barrios, lo que evidencia un proceso de repoblación muy rápido y una organización marcada por los nuevos tiempos. Es el momento de las cofradías, la mayoría asistenciales, aunque alguna hubo de carácter militar como la de los Ballesteros, cuya sede estaba en la calle Santa Cruz. O la hora de los hospitales. Nada menos que cinco localizó Francisco Fuentes en el siglo XII, la mayor parte gremiales. También las nuevas corrientes de espiritualidad -las órdenes mendicantes- llegaron a Tudela y fundaron conventos los Franciscanos y las monjas Clarisas. Posteriormente, vinieron desde Francia los premostratenses que se establecieron en el de San Marcial, donde hoy se alza el teatro Gaztambide. 

Por último, una pequeña reflexión. Curiosamente, en esta época aparentemente convulsa, a caballo entre el dominio musulmán y la conquista cristiana, es cuando Tudela genera alguno de sus personajes más notables. El Ciego de Tudela, nacido en 1086, es un célebre poeta musulmán, lleno de gracia y espontaneidad. Entre los judíos, sobresalen Yehuda ha-Leví, (¿1070-1140?) considerado el príncipe de los poetas hispano-hebreos y Abrahám ibn´Ezra, (1092-1167) divulgador por Europa de la ciencia hispano-árabe. Años más tarde, ya en período cristiano, nace el famoso Benjamín de Tudela (1130-1173), conocido internacionalmente por su “Libro de Viajes”, realizado un siglo antes que Marco Polo.